martes, 10 de diciembre de 2013

Love & Hate Rhapsody: Capítulo X

       Zephyr entró en la calle principal de Beunel disfrutando del contacto con Anna, sentada tras él en la motocicleta. Al pasar por las calles la gente saludaba reservadamente a Zephyr. Lo conocían bien, era prácticamente el único habitante de la finca de El Alquimista que viajaba a Beunel, pero la gente de a pie solía ser reservada con los alquimistas. Zephyr lo justificaba como la espresión que tenían del miedo hacia lo desconocido.
      Todo el mundo daba por sentada la calidad de los objetos que los alquimistas fabricaban, pero nadie quería saber cómo lo hacían. Algunos supersticiosos hablaban de magia negra. La gente con mayor cultura hablaba de ciencia y a pesar de la seguridad de su información, no se acercaban mucho. La realidad era que la alquimia vivía de una forma casi clandestina, como un secreto a voces. La implantación del Nuevo Orden, y el establecimiento de la alquimia como una práctica reservada casi en exclusiva para los militares no facilitaba la apertura de la gente hacia la alquimia, ya que había quedado vinculada a la autoridad del Ejército. La mayoría de los habitantes de Beunel, no obstante, eran mucho más abiertos, a base de años de convivencia con los alquimistas.
      Zephyr paró su motocicleta frente a la tienda de químicos de Beunel. Era fácil encontrar estas tiendas en las zonas rurales, pues vendían varios compuestos muy utilizados en agricultura, pero la de Beunel era especialmente grande por los suministros que pedían los alquimistas de la Finca. Zephyr apagó el motor de su vehículo y bajó, ayudando a Anna a hacer lo mismo.
Tengo que dejarle a Leumann la lista de los suministros, luego vamos a tomar una cerveza. -dijo Zephyr a Anna.-
Vale, no te preocupes, haz lo que tengas que hacer. -contestó la chica con una sonrisa.-
¡Vamos! -dijo Zephyr devolviéndosela-
      El joven alquimista entró en la tienda de Leumann. Zephyr adoraba esa tienda. La familia Leumann había llevado esa tienda desde hacía cinco generaciones y en ese lapso de más de un siglo la tienda apenas había cambiado, y tenía el aspecto de una antigua botica. Al entrar, Zephyr no vio a Leumann pero llegó a su cerebro un olor familiar.
¿Estás haciendo polvo de plata, Leumann? -dijo el chico para que se le oyera desde la trastienda.-
        De la puerta situada tras el mostrador salió Richard Leumann, un hombre delgado de cerca de la cuarentena, con el pelo corto entrecano y que lucía una barba bien recortada.
En realidad estaba haciendo virutas, pero sí, era plata. -contestó al llegar al mostrador.-
      Sonrió. Era un tipo alegre y culto, a Zephyr le caía muy bien. Además mientras aún era estudiante le regalaba los materiales que precisaba cuando no tenía dinero.
Y, ¿qué va a ser hoy, Zephyr? -dijo Leumann.-
Pues… aquí lo tiene todo. -dijo Zephyr sacando una lista de papel de su chaleco.- Volveremos en un par de horas, ¿lo tendrá todo listo?
Sí, sin problema. -dijo Leumann repasando la lista rápidamente.-
Buenas tardes entonces, luego paso por aquí.
       Zephyr y Anna salieron de la tienda de Leumann y se acercaron a la plaza central de Beunel en la que estaban las tres tabernas del pueblo. Mientras se acercaban a una de las tabernas, entró un camión militar en la plaza. De él bajaron cinco hombres; cuatro soldados y un oficial, unos cuantos más se quedaron en el interior.
       La cara de ese oficial le era familiar a Zephyr. Kurt Hessler. Había sido alumo de El Alquimista, como él, y durante el tiempo que estudiaron juntos, Hessler rivalizaba con Zephyr, ya que le aventajaba a pesar de ser mucho más joven.
       Al verlo, Zephyr aceleró y entró en la taberna, pidió dos cervezas y se sentó con Anna en una mesa junto a la ventana, desde la que, grtacias a una cortina podía ver sin ser visto.
¿Qué ocurre, Franz? -preguntó Anna.-
¿Has visto a esos militares? -dijo Zephyr.-
Sí, claro. -respondió la chica.-
El oficial era alumno de tu tío, estudió conmigo, éramos enemigos. No me da buena espina que esté aquí.
¿Y está en el Ejército? -preguntó Anna- Mi tío no deja que sus alumnos se hagan militares.
Con él es más complejo. -empezó Zephyr- Cuando entró a la enseñanza de tu tío parecía más atraído por destacar, por ser nominalmente un alquimista que por aprender. Henry suele echar a los alumnos con estas pretensiones, pero él es más inteligente que todo eso. No vio que era así hasta que pasó el tiempo. -Zephyr se detuvo, Hessler estaba parando a los ciudadanos, mientras les enseñaba una hoja de papel. La mayoría de los vecinos negaban con la cabeza al hablar con él.- Perdona, iba diciendo que Henry no pudo verlo. Las cosas empezaron a ponerse feas, él quería destacar pero no podía superarme, yo era el mejor de la clase.
Eres un deshecho de humildad, Franz. -se rió Anna.-
Intento ser objetivo. Yo era mejor, mis calificaciones eran mejores, aprendía más rápido… y tenía 12 años, él 18. Y eso le hacía enfadar. Después del primer año, Hessler empezó a sabotearme algunos proyectos. Yo al principio no me daba cuenta; él era muy discreto y yo muy estúpido, creía que eran mis errores los que provocaban los fallos. A pesar de que mis calificaciones bajaban gracias a su intervención, no era suficiente para él. Quería que yo me diera cuenta, que sufriese por lo que me hacía. Así que empezó a hacer sus sabotajes evidentes. Aunque yo lo veía me daba miedo enfrentarme a él, de modo que corregía mis proyectos, algunas veces empezando desde cero y los protegía para que no pudiera adulterarlos. Mis notas volvieron a subir y esto, unido a que seguía sin entrar en su juego, hizo que pasara a mayores. Me retó a un duelo. Y acepté.
¡Franz! -se quejó la chica haciendo que su pelo se agitara con el movimiento de cabeza- Los duelos no son para gente como tú, son para quien no sabe usar otra cosa que la fuerza bruta.
La esgrima es más que fuerza bruta, Anna. -dijo Zephyr con calma- Tu tío sin ir más lejos fue un gran espadachín mientras la juventud se lo permitió. De hecho, él enseñó a mi padre, y él fue quien me enseñó a mí. Además, Hessler me provocó. Insultó a mis padres. Dijo que si eran torpes alquimistas se merecían el accidente, ante esta afrenta, resolví aceptar el duelo. Nos citamos un día antes del amanecer, para que Henry no se enterase. Vencí, le hice un corte en la cara. Él era muy bueno con la espada, de hecho estoy seguro de que su habilidad le ha hecho progresar tan rápido en la escala militar. Por los galones que he visto, ahora es capitán y sólo tiene 23 años. Ser alquimista ayudará también supongo. Ese día su habilidad se perdió entre su furia. Yo por el contrario mantuve la calma, ante todo quería protegerme, salir ileso, y él quería herirme. En medio de sus ataques furibundos cometió un error, se arriesgó demasiado y le corté accidentalmente. Los gritos de dolor de Hessler y las alabanzas y quejas de nuestros compañeros despertaron a tu tío.
» Nos interrogó a ambos y resolvió que yo había sido afrentado. Me tocó un duro castigo, pero a él le dijo que si no cambiaba de actitud tendría que echarle de su tutela. A Hessler no le gustó nada esto, se enfadó y dijo que buscaría otro maestro. Se fue al día siguiente y unos meses más tarde nos enteramos de que había ingresado en la Escuela Militar de Alquimia de Berlín. Cuando ingresó denunció a Henry y tuvo que enfrentarse a un par de inspecciones, pero no encontraron nada, así que todo quedó tranquilo en poco tiempo. Eso es lo último que supimos de Kurt Hessler. Hasta hoy.
¿Entonces crees que está aquí para detener a mi tío? ¿O a tí? -dijo Anna, asustada-
No creo. Nos guarda rencor, seguro, pero mira. Ese papel que enseña es un cartel de busca y captura. Si nos buscase a mí o a tu tío, sabría donde encontrarnos, y los vecinos también. Debe buscar a algún forajido o un disidente. Aún así no me gusta que esté aquí.
¿Forajidos? Podrían ser la pareja que nos cruzamos por el camino, no les había visto nunca y por aquí no vienen muchos turistas, y menos a pie.
¡Tienes razón! Y por el camino que llevaban, podrían estar cerca de la Finca. -dijo Zephyr- Vámonos, tenemos que avisar a tu tío, por si acaso.
       Zephyr apuró la jarra de cerveza y se puso el abrigo largo que llevaba. Entonces se echó la coleta por encima del hombro. El accidente químico que mató a sus padres le había dejado una curiosa marca, que era el pelo de su nuca, de un extraño color azul en contraste con el resto de su cabeza, en que el pelo era negro. Cuando era niño se avergonzaba de su marca y solía teñirse ese mechón. Cuando creció le resultó una cuestión de orgullo, y se dejaba larga esa parte a modo de coleta. Aunque le daba un aspecto misterioso y especial, también lo hacía fácil de reconocer, y eso era lo que quería evitar ahora.
Anna -dijo Zephyr- Déjame tu bufanda.
¿Por qué?
Quiero taparme la coleta, no quiero que me reconozca.
       Anna le dejó la bufanda y se ocultó la coleta con ella. Después y con cautela salieron de la taberna. La calle en la que estaba la tienda de Leumann y por la que se llegaba directamente a la plaza estaba frente a la taberna, pero para llegar a ella tenían que pasar por delante de los militares, así que Zephyr guió a Anna y la sacó por la calle que salía del lateral de la taberna. Dando un rodeo volvieron a la calle principal más adelante, unos metros por delante de la tienda de Richard Leumann y la motocicleta.
      Zephyr entró a recoger el pedido, avisando a Leumann de la presencia de la patrulla. Metió el pedido en las alforjas de lona de la moto y con Anna agarrada a su cintura aceleró para llegar cuanto antes a la Finca. Una extraña sensación oprimía su pecho, un recuerdo de la mezcla de ira y miedo que se posó en su corazón la mañana que venció al hombre del que ahora huía.


martes, 3 de diciembre de 2013

Love & Hate Rhapsody: Capítulo IX

 La nube de polvo se disipó, pero Ceara seguía tosiendo. El Viajero, por su parte, se había cubierto la boca con una bandana que llevaba al cuello y había seguido avanzando, así que ahora estaba tres pasos por delante de la chica. Al oír la tos de su compañera, Doyle sacó un pañuelo y volviendo al lado de Ceara, se lo tendió.

¿Estás bien? -preguntó Doyle.-
Sí, no te preocupes -contestó Ceara, y siguió tosiendo.-

      El polvo le picaba en la nariz y sobre todo en la garganta, haciéndole muy difícil tomar aire sin toser. Era muy molesto, pero Ceara casi habría deseado que la tos no pasara con tal de seguir recibiendo las atenciones de Doyle un rato más. Hacía dos meses que habían salido de Syrencall y desde entonces el Viajero se había mantenido a una prudente distancia de ella. Por su parte Ceara estaba esperando que Doyle volviera a besarla y abrazarla, pero eso no ocurría. Se sentía muy estúpida. Aquella noche en la playa había sentido a Doyle como alguien muy cercano a ella, como si lo conociera desde hacía mucho tiempo. Aún así, en los últimos meses, la comunicación entre ambos se había ido reduciendo a lo indispensable. Eso le hacía sentir tan estúpida. No tenía claro si ese cambio repentino se debía a que los besos no habían sido más que fruto de una emoción pasajera o sencillamente su compañero tenía ahora la cabeza muy ocupada con descifrar el libro como para preocuparse por ella. En cualquier caso había llegado a la determinación de esperar, porque no quería irrumpir en los pensamientos de su compañero. Sabía que la misión que estaba llevando a cabo era muy importante para él, y ella iba a respetar eso.

       A pesar de sus deseos la tos acabo pasando y tuvieron que continuar andando. Se encontraban allí con mucha suerte. Después de encontrar el libro y de darse cuenta de que necesitaban un alquimista, se pusieron a buscar uno muy lentamente. Preguntar por un alquimista no afiliado al Ejército era muy peligroso, así que se lo tomaban con cautela. La casualidad quiso que una noche, en el bar de un hostal, Doyle tuviera un encuentro muy afortunado. Al volver de Syrencall habían atravesado Holanda en tren hasta llegar a Bonn y desde allí habían andado de pueblo en pueblo siguiendo el Rin hasta llegar a aquella aldea. Doyle y ella se habían sentado en una mesa a tomar algo caliente antes de ir a dormir. Hablaban del destino del día siguiente, intentando hacerse oír por encima del barullo de los borrachos y los obreros fabriles que estaban allí celebrando el final de la jornada laboral. Entre todo el tumulto una voz grave se impuso y llamó:

¿Finn? ¿Finn Doyle?

      Doyle se volvió alarmado hacia la voz, pero descubrió que se trataba de John Travis, un antiguo compañero del colegio. Travis había salido de Irlanda uno o dos años antes que Doyle, tratando de buscar un trabajo que en su tierra escaseaba.

¡Travis! -dijo Doyle al verlo.-

       Los dos antiguos amigos se fundieron en un abrazo, tras el cual el Viajero invitó a Travis a tomar asiento. Hablaron durante un buen rato, poniéndose al día. Ceara escuchó de nuevo la historia de cómo Doyle estaba viajando por el continente por motivos académicos, para escribir un libro de Historia o algo así. Después de minutos de charla, bromas y anécdotas de su adolescencia, Doyle preguntó:
¿Y cómo llevas el alemán? ¿Es tan inteligible como parece?
Lo domino como si hubiera vivido aquí toda la vida, ¿no recuerdas que estuve aquí estudiando alquimia durante dos años?
¡No lo recordaba! -dijo Doyle, entusiasmado- y ahora que me recuerdas eso, ¿puedo pedirte un favor?
Mientras no sea darte dinero, lo que quieras. -contestó Travis, riendo ruidosamente.-
Verás, estaba buscando un alquimista para que me respondiera algunas dudas sobre parte de la documentación que he recabado y... bueno, no quería preguntar a nadie en un cuartel para evitarme las versiones oficiales, ya me entiendes.
¿Necesitas un alquimista? -dijo Travis.- Pues estás de suerte. El hombre que me enseñó vive a menos de doscientos kilómetros de aquí y es el mejor. Lo llaman El Alquimista, figúrate. Su nombre real es Heinrich Wolfgang Wagner y si no quieres versiones oficiales, es tu hombre. Es de los pocos alquimistas libres que quedan, yo creo que a pesar de todo le tienen respeto y por eso le dejan en paz.

        Ceara notó como el alivio se reflejaba en el rostro del Viajero mientras Travis le daba las señas de la casa-escuela del Alquimista. Después de esa noche, los dos habían caminado casi dos semanas y ahora ya estaban muy cerca del destino.

        Después de que Ceara se recuperara de la tos, habían caminado hasta llegar a un cruce de caminos. Los cuatro cuadrantes que formaba la encrucijada eran parcelas cubiertas con muros de setos, menos una. La que quedaba a la izquierda, pasado el cruce, estaba vallada con un muro de mampostería que alcanzaba los tres metros, rematado en la cúspide con barras de hierro acabadas en punta de flecha. Doyle se detuvo en el cruce y valoró todos los caminos posibles, hasta que señaló la parcela del muro.

Ésta es la casa del Alquimista. -dijo-
¿Cómo lo sabes? -dijo Ceara, extrañada con lo rotundo de la afirmación de su compañero.-
Mira allá arriba, en los barrotes. -dijo Doyle- ¿Lo ves?
¿El qué?
Están llenos de símbolos alquímicos.

     Ceara se fijó de nuevo y alcanzó a ver extraños símbolos marcados en relieve contra los barrotes. Recordaba haber visto algunos de ellos en las páginas del horóscopo del Daily Europe que les obligaban a leer en el internado.

Vale -dijo Ceara sonriendo- ¿ahora como entramos?
Sigamos el muro, en algún punto tendrá que haber una puerta.

     Ceara no pensó que “en algún punto” fuera a estar a más de dos kilómetros, y estaba empezando a cansarse de andar. Doyle parecía estar pensando lo mismo, porque cada rato se alejaba del muro para tener más perspectiva y ver si distinguía ya la puerta. Al cabo de un rato, el muro giraba a la izquierda y siguieron caminando a su lado. Poco tiempo después Ceara distinguió, unos metros más adelante, que el muro de piedra comenzaba a hacerse más bajo, mientras los barrotes iban cubriendo el espacio que éste iba cediendo. En seguida pudieron mirar a través de los barrotes. El interior era una inmensa pradera que en primavera habría sido de un verde intenso, pero que en aquellos días de noviembre tenía un aspecto pálido. Tras el mar de hierba y a una buena distancia se destacaba un edificio.

Bueno -dijo el Viajero- ahora al menos sabemos dónde estamos yendo. ¡Vamos!

      Doyle tomó a Ceara de la mano y siguieron andando. Ceara mira alternativamente a la pradera y a Doyle. El joven irlandés tenía una sonrisa preciosa, la misma que había puesto al encontrar Love & Hate Rhapsody en la Gran Biblioteca. Una sonrisa burlona, ladeada, que era casi una mueca, pero que transmitía tanta decisión que Ceara empezó a creer en el viaje en el que estaba sumergida, no sólo porque le estaba alejando de casa y le estaba dando la posibilidad de huir, sino también porque seguiría aquella sonrisa hasta el fin del mundo.


martes, 26 de noviembre de 2013

Love & Hate Rhapsody: Capítulo VIII

      Zephyr llevaba ya tres horas en aquel cuarto, pero sólo ahora, que había terminado el trabajo más duro, se dio cuenta del frío que hacía. Estaba sentado en un taburete, contra la pared, a sus pies había un espacio grande del cuarto en el que se dejaba libre el suelo de piedra. Sobre el suelo Zephyr había colocado un gran pliego de papel, en el que había encriptado en forma de círculo de transmutación la fórmula de una nueva aleación en la que había estado trabajando los últimos meses.

      Contempló el círculo de transmutación en el suelo y, satisfecho, subió las escaleras que se abrían paso desde la puerta de la sala hasta la superficie. Tras los 313 peldaños que había contado tras seis años de continuas subidas y bajadas, salió al exterior. Ahora estaba en el gran jardín de la casa en que vivía, propiedad de Heinrich Wolfgang Wagner, al que se conocía como El Alquimista, pues era el más viejo y sabio de los discípulos de Trismegisto. Zephyr también era alquimista, había empezado a estudiar siendo muy pequeño. El Alquimista fue su maestro, siempre decía que Zephyr tenía un gran talento. Desde hacía un año, Zephyr sabía que lo que El Alquimista llamaba talento se conocía como el Don. Era algo bastante extraño, pero permitía a algunos alquimistas ser muy superiores, por ser capaces de "ver" la composición de la materia para cambiarla después. Zephyr aún no dominaba bien esta habilidad, pero seguía aprendiendo con El Alquimista, aunque sus estudios reglados ya habían terminado, y por eso, como pago por lo que le enseñaba, Zephyr trabajaba para El Alquimista.

        − ¡Franz! -llamó una voz desde el otro lado del jardín-

       Zephyr se sobresaltó al oír que lo llamaban por su nombre de pila. Nadie lo hacía. Bueno, excepto ella, Anna Rommel, una sobrina de El Alquimista que vivía en la casa.

         − Hola Anna -contestó Zephyr, cuando la chica se acercó corriendo hasta él-

         − ¿Has terminado? -preguntó Anna impaciente-

         − Tengo que recoger el círculo y guardarlo en la biblioteca, pero sí. -dijo Zephyr- ¿Por qué?

         − Porque he terminado mis tareas y pensé que quizás te gustaría llevarme al pueblo con la moto. -                   respondió Anna, con una voz muy dulce-

         − ¿Sólo como chófer o también como compañero? -ironizó Zephyr-

         − ¡Tonto! Como acompañante también -dijo Anna sonriendo.- Sabes que me gustas mucho.

         − Y tú sabes que soy mayor para ti. -dijo Zephyr-

         − Franz... Sólo nos llevamos dos años. -insistió Anna-

         − ¡Pero son un mundo! En comparación con mis 17, tú eres una niña. -dijo Zephyr-

      Eso la dolió. Anna abrió mucho los ojos, indignada, y se calló, se sentó en el suelo y miró al cielo. Zephyr sabía que no debería haber dicho eso. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo del pantalón y se llevó un cigarrillo a la boca. Se sentó junto a Anna y encendió su cigarrillo ampapando la punta con dos líquidos distintos que guardaba en pequeñas ampollas que sacó de su chaleco. A Anna le asombró la habilidad y naturalidad con que Zephyr usaba sus conocimientos de alquimia. Eso la animó a seguir con la conversación.

        − ¿Es porque tienes miedo a mi tío? -dijo-

        Zephyr calló unos instantes y fumó silenciosamente.

        − Puede. -dijo-

        − Sé que si pudiera elegirme un hombre, te eligiría a ti. -dijo Anna-

        − Ese no es el problema -dijo Zephyr e hizo una pausa- El problema es que Henry confíe en mí como             tu "hombre" y luego no cumpla las expectativas.

        − ¡Qué ridículo eres! -rió Anna- Él confía en ti. Sus razones tendrá. En lo importante sé que no vas a               fallarme, Franz "Zephyr" Sebastian.

        Zephyr permaneció callado unos segundos y luego dijo:

        − Hemos dicho que te llevo al pueblo en moto, ¿no?

···


      Hacía unos cinco minutos que habían salido de la finca de El Alquimista, cuando se cruzaron con una pareja, un hombre y una mujer, que caminaban en sentido contrario al que Zephyr y Anna avanzaban con la moto. Las miradas de los dos caminantes se cruzaron con la de Zephyr, y el alquimista se sobresaltó con el color de los ojos de los caminantes, rojos los de él, aguamarina los de ella. "Son raros" pensó Zephyr, "pero quizás no tanto como mi mechón azul".  

lunes, 25 de noviembre de 2013

Banda sonora: "Syrencall Serenade"

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Love & Hate Rhapsody: Capítulo VII

       Ya había anochecido y los dos compañeros seguían en la playa. Apenas veían nada, ya que la única luz procedía de la ciudad a sus espaldas y de los farolillos que los pescadores nocturnos llevaban en la proa de sus barquichuelas. Más alejados de la costa y en embarcaciones un poco más grandes los pescadores colgaban de las bordas unas lámparas redondas y grandes, usadas para atraer a las gambas y otros crustáceos. Visto desde la costa daba la impresión de que un puñado de estrellas habían decidido bajar del cielo para darse un baño en el frío mar. Ceara disfrutaba con el viento rozándole las mejillas y enfriando su piel. Cuando tocaba su propio cuerpo lo notaba demasiado caliente para su gusto y no le importaba que su temperatura disminuyera. La joven abrió los ojos y miró al Viajero. Éste no había cerrado los ojos como ella, sino que clavaba su mirada rojiza en el horizonte, mientras su mano acariciaba Love & Hate Rhapsody, que habían guardado en el macuto del Viajero.

− ¿Sabes? -dijo Ceara- Aún no sé cómo te llamas.

− Ya. -soltó el Viajero por toda respuesta.-

− Quería decir que cuál es tu nombre.

− ¿Tanta importancia tiene?

− Hombre, a no ser que quieras que te llame Viajero siempre... -insistió Ceara-

− Puedes llamarme Doyle -dijo el Viajero sin mirar a a Ceara-

− Eso es tu apellido, ¿no? -dijo Ceara- Yo quiero el nombre de pila.

− Mira que eres pesada. -gruñó el Viajero, levantándose y echando a caminar hacia la ciudad-

       Ceara sólo se volvió y observó cómo se alejaba. Cuando había avanzado unos diez metros se detuvo y miró atrás. Ceara comprendió, se levantó y anduvo hasta el Viajero.

− Me llamo Fiennes -dijo el Viajero- Fiennes Doyle. Pero, si no te importa, prefiero Doyle. Me recuerda mis orígenes.

− Irlandés hasta la médula, ¿eh? -bromeó Ceara-

− Irlandés hasta la médula -contestó Doyle-

− Muy bien, Doyle.

       Sin decir nada, Doyle caminó hacia el pueblo de nuevo y Ceara lo siguió, comprendiendo que era hora de volver a la posada. Los recuerdos estaban apretando el pecho del Viajero con fuerza. Al fin había encontrado el libro, había vuelto a decir su nombre y había oído a Ceara pronunciarlo. Notaba cómo el llanto rugía en su garganta y luchaba por salir. Doyle llevaba demasiado tiempo negándose sentir nada y ahora tenía una fuerza imparable dentro de sí.

       El tacto de la mano de Ceara sobre la suya fue como un bálsamo y lo calmó. Doyle no sabía muy bien cuándo la chica había agarrado su mano, pero empezó a sentirlo en ese momento. Nada parecía tener lógica, las cosas sencillamente ocurrían, Doyle se sentía en una nube y apretó la mano de Ceara. Ella se agarró de su brazo. Se detuvieron. Los meses de búsqueda, el dolor y la preocupación se habían disuelto. Por primera vez desde hacía mucho, el Viajero notaba que era Fiennes Doyle y no el personaje que él mismo había montado. En su mundo sólo existía Ceara, y sus labios eran el único objetivo. La besó.

       El sol era ya un recuerdo de otro tiempo, y Doyle y Ceara caminaban de la mano por la calle principal de Syrencall. el semblante de Doyle el Viajero había pasado de una inescrutable dureza a una infantil incredulidad. Ceara por su parte sonreía feliz con el mismo carácter bisoño que su compañero.

       Sólo estaban a unos pasos de la posada donde dormían cuando Ceara aminoró el paso, se puso frente a Doyle y lo besó. Fue un beso apasionado y voraz, pero Doyle se sorprendió de que Ceara fuera capaz de transmitir toda esa ternura en un beso tan ávido de él.

       El Viajero se dejó ir en ese beso y cuando el tiempo ya se había detenido para la pareja, bañada por la mezcla de luz anaranjada del farol de la posada y la tibia luz purpúrea de la luna, Ceara rompió el contacto y se separó de Doyle. Caminaron dando un rodeo, cogidos de la mano hasta que volvieron a llegar a la posada. Ceara se alejó de él entrando en la posada, arrojándole una sonrisa digna de un Dios que juega con los mortales.

       Doyle restó mirando boquiabierto al lugar donde su compañera de viaje había desaparecido en el fragor de las voces de los pescadores que bebían en la posada. Cuando salió del trance, tan romántico como apocalíptico en que la joven de ojos aguamarina le había imbuido, siguió la estela de esos ojos tan pícaros como tiernos y, entrando ya en la posada, subió al piso superior.

       Se dedicó unos segundos de silencio frente a la puerta del cuarto de Ceara antes de golpear la puerta con los nudillos y atravesar el umbral. La estancia era tan pequeña como su propia habitación. Sobre la cama estaba sentada Ceara, de espaldas a él y desnuda de cintura para arriba. Al oír la puerta la muchacha volvió la cabeza y vio a Doyle, con total tranquilidad cogió la blusa de lino que reposaba a su derecha, sobre la cama. Se la puso. Se levantó, caminó hasta Doyle y le preguntó:

− Hola, ¿qué quieres?

− ¿Yo? -respondió Doyle, titubeante- ...nada. Sólo darte las buenas noches.

− Pues ¡buenas noches! -dijo Ceara, y lo abrazó-

− Buenas noches -dijo él, confundido-

        Se encaminó a la puerta y cuando tenía la mano sobre el pomo, Ceara dijo:

− Doyle -y esperó a que su interlocutor se volviera- Si me hubieras dicho a lo que realmente venías... -se paró, su voz no sonaba a reproche, sino que sonaba divertida- Así habría sido. Sé más sincero la próxima vez.

− De acuerdo -dijo Doyle tragando saliva-

       Cuando ya atravesaba la puerta, Ceara lo agarró de la gabardina, lo atrajo hacia sí y lo besó.

− Buenas noches -murmuró Ceara-

       Por toda respuesta, Doyle se sonrió. Salió al pasillo y se sentó junto a la puerta de su cuarto, en el suelo. No sabía porqué, pero esa chica, su arrogancia y la paz que le transmitía le estaban hechizando.  

martes, 5 de noviembre de 2013

Love & Hate Rhapsody: Capítulo VI

      Avanzó un paso y se puso a un palmo escaso de la estantería, miró hacia arriba comprobando su altura y a un lado y otro midiendo su longitud. Ante él se hallaban millares de libros, ¿unos once mil había dicho el Guardián? Ante él, se extendían miles de historias, miles de personajes, batallas, amores... Pero ni venía buscando todas esas historias ni tenía -ni nadie- de leer todos esos libros. Una lástima, pero el Viajero no tenía tiempo de perderse en esos pensamientos. Tenía que encontrar ese libro. Y cuanto antes. Obviamente no podía comprobar libro por libro. Ni esa tremenda biblioteca estaba ordenada. No sabía cómo pero tenía que saber qué libro andaba buscando.

      Entonces lo vio. No sabía cómo ni por qué, pero sabía que aquel era el libro que buscaba. Anduvo seis pasos a su derecha, junto a la estantería y se puso frente al libro, que quedaba a la altura de su rostro. Lo analizó con cierto detenimiento. No podía permitirse más que tres fallos, esas eran las reglas que había puesto el Guardián. No podía desperdiciarlos.

      El lomo del libro tenía un color verdoso, pero el Viajero dedujo que en otro tiempo había sido de un magnífico y brillante verde esmeralda, pero los años, el uso, el polvo y la humedad habían hecho su trabajo. Lo sacó de la estantería, la razón seguía siendo un enigma en su cabeza pero aquél era el libro que buscaba, lo sabía, tenía que serlo, todo dependía de que lo fuera, y si no lo era, que al menos fuera uno de los dos siguientes.

      Apoyó el pesado tomo en el suelo de piedra con la cubierta hacia arriba, se arrodilló frente al libro y retiró la espesa capa de polvo que cubría la cubierta con la palma de la mano y leyó el título, escrito con ya desdibujados trazos de una esmerada caligrafía:

Love & Hate Rhapsody

      Ceara se acercó por el pasillo trazado entre la estantería y la pared de piedra y se colocó de pie tras el Viajero, de forma que podía ver bien el libro.

– ¿No tenías prisa? -murmuró, divertida al comprobar que el Viajero continuaba mirando la portada del libro.- – Sí. Claro. -dijo el Viajero con la garganta seca.-

      El Viajero puso la mano izquierda enguantada sobre la cubierta del libro esmeralda y tiró de ella, la humedad había pegado algunas páginas. Buscó la página donde comenzaba el texto y empezó a leer.

···

      Llevaba tres horas leyendo y ni siquiera había apartado la vista del libro un segundo, y sólo había salido de la lectura para separar algunas hojas pegadas por la humedad. Ceara lo había observado durante un rato, pero se empezó a aburrir, fue hasta las estanterías de la zona libre, cogió un libro cualquiera y volvió a la zona restringida con el Viajero. Leía tumbada boca abajo en el suelo.

– ¡Aquí está! -gritó el Viajero- – ¿En serio? -preguntó Ceara, poco interesada, pues estaba más atenta a su propia lectura.- – Sí. Mira. -dijo el Viajero-

      Ceara se levantó cerrando el libro que estaba leyendo y dejándolo apoyado en una estantería, para devolverlo después. El Viajero se había incorporado y con el brazo derecho extendido hacia Ceara, sujetaba el libro en el que se veía un grabado a doble página.

– Ajá... ¿y qué demonios es esto? -preguntó la chica, decepcionada con el resultado de tanto esfuerzo-

– Creo que está escrito como si fuera un círculo de transmutación. -murmuró, sombrío, el Viajero.- – O sea que vamos a necesitar un alquimista -dijo Ceara-

– Peor. Vamos a necesitar un alquimista no corrupto -gruñó el Viajero, desanimado.-

– Pues, ¿a qué esperamos? -dijo Ceara-

– Tengo que encontrar un modo de sacar este libro de aquí -dijo el Viajero-

      En efecto, las condiciones que el Guardián había puesto para dejarles acceder a aquella sección de la Gran Biblioteca eran muy simples; sólo podían sacar tres libros de sus estantes y no podían sacarlos, bajo ningún concepto de la biblioteca.

– Ya... -dijo Ceara- ¡Espera! Creo que ya sé cómo...

– Tú dirás. -dijo el Viajero, encantado con la idea de que su compañera de fatigas aportase por fin algo a la causa.-

···

      Ceara salió al vestíbulo, donde el Guardián esperaba sentado tras un mostrador.

– ¿A dónde vas? ¿Habéis terminado? -dijo el Guardián, con calma, aunque su atronadora voz sonara siempre como una amenaza.-

– No, pero el tipo este lleva tres horas leyendo, y me aburro. Voy a ir a la parte común de la biblioteca, que hay una novela que quiero leer desde hace tiempo -mintió Ceara, pero su dulce mirada y su cara de no haber roto un plato, convenció al Guardián-

– Perfecto. -sentenció el Guardián- Si quieres puedes llevarlo prestado para leerlo en casa con calma.

– ¡Genial! -dijo Ceara, con fingido entusiasmo- Voy a por el libro.

      Ceara corrió, alejándose del Guardián y se perdió entre las estanterías. Entonces sacó el libro esmeralda de su zurrón y buscó un libro de tamaño similar. Tras unos minutos, encontró uno bastante nuevo, con un tamaño ideal y tapas de piel oscura. Sacó un pequeño puñal del zurrón y con pulso de cirujano cortó las tapas de piel y las del libro esmeralda, las intercambió y las pegó a sus nuevas hojas con cera de las velas de los candelabros «Aguantará hasta que salgamos de aquí» pensó. Guardó el libro de nuevo en su estantería, ahora con sus "nuevas" tapas verdosas y guardó Love & Hate Rhapsody" con sus flamantes nuevas tapas de piel entre sus brazos.

      Ceara abandonó el bosque de estanterías y se dirigió al vestíbulo, donde llamó al Guardián. Esperó a que apareciera admirando la cantidad de volúmenes que podían encontrarse en aquella biblioteca. Ocho naves con bóveda ojival partían del vestíbulo, una de ellas llevaba hasta la puerta, el resto se hundían en las entrañas de roca del acantilado, albergando montañas y montañas de libros. En un cálculo rápido, Ceara pensó que en aquel lugar había varias decenas de millones de libros, en las partes que ella veía, y no estaba segura de que hubiera más. Se estaba fijando en la mimada ebanistería del escritorio del Guardián, en el centro del vestíbulo, cuando éste apareció entre las estanterías de una de las bóvedas. Estaba lejísimos. Ceara no sabía cómo había podido oírla a esa distancia.

– ¿Lo encontró? -preguntó el Guardián-

– Sí, aquí lo llevo. -dijo agitando el libro un poco entre sus brazos.

– ¿Quieres que te anote ya el préstamo? -preguntó el Guardián amablemente- – Aún no. Cuando acabe mi compañero, vendremos los dos.

– De acuerdo.

      Ceara anduvo tranquilamente hasta el pasillo en el que el Viajero disimulaba leyendo un libro cualquiera. Al verla, se incorporó y preguntó:

– ¿Lo has conseguido? – Sí. Es éste. -dijo Ceara tendiéndole el libro-

– Pues vámonos, antes de que me muera de asco, ¡qué coñazo de libro éste! -dijo señalando el libro que había estado leyendo y antes de colocarlo en su lugar en la estantería.-

      Juntos caminaron hasta el vestíbulo, donde el Guardián hablaba con unos recién llegados.

– ...pero ya no nos queda ningún ejemplar, aunque pueden ir hasta la sección de cartografía y comprobar si hay otro libro que puede serles de ayuda. -alcanzaron a oír al Guardián, que se despidió de los nuevos visitantes con una reverencia, antes de volverse hacia Ceara y el Viajero- ¿Habéis terminado ya?

– Sí. -dijo el Viajero-

– ¿Encontró lo que buscaba? -preguntó el Guardián-

– Sí, lo cierto es que sí -contestó el Viajero-

– ¿Ha necesitado consultar los tres libros? -curioseó el Guardián- Tampoco sé cómo es exactamente, pero sé que no se pueden sacar más de tres libros. Es un tanto mágico, ¿me entiende? Sencillamente al ir a coger un cuarto libro, no podría.

– Comprendo

– Bien. Ahora, chiquilla, ¿me dejas el libro para que anote el préstamo? – Claro. -dijo Ceara depositando Love & Hate Rhapsody disfrazado sobre el mostrador.-

– Crónicas de Nortwitd -leyó el Guardián en las falsas tapas- ¿le gusta la fantasía épica, señorita?

– Sí. Bastante.

– Entonces lo encontrará muy interesante, créame. ¿Su nombre? -dijo el Guardián-

– Sirma Stonqil. -mintió rápidamente Ceara-

– Perfecto. -sentenció el Guardián cuando anotó en un gran libro el título del libro con el nombre de Sirma Stonqil- Bien, pues pueden marcharse. Esperamos el libro de vuelta en un mes. No es necesario que venga hasta aquí a entregarlo, si se lo envía por correo al señor Bordick, él me lo hará llegar en cuanto su barco llegue a Syrencall.

– Gracias, muy amable, hasta luego. -dijo el Viajero-

- Adiós. -se despidió Ceara-

      Ambos salieron de la biblioteca y se perdieron entre las calles adoquinadas de la ciudad. El Viajero andaba sin rumbo, le apetecía pasear y Ceara lo seguía sin preguntar. Cuando se acercaban al mar, justo antes de entrar en la playa, el Viajero se detuvo, esbozó una sonrisa y murmuró:

– ¿Sirma Stonqil?


      Los dos compañeros se sentarion en la arena y rieron mientras veían al sol echarse a dormir en el fondo del mar, poniendo fin a la melodía de ese día con un agónico diminuendo.  

miércoles, 30 de octubre de 2013

Love & Hate Rhapsody: Capítulo V

     La lluvia golpeaba los pliegues plateados de las olas, fusionando el sonido de las gotas al caer con el rugido del mar agitado. Desde el puerto de Vlissingen el ruido del océano y la tormenta eran la base rítmica de cada día, al salir a faenar y al volver para poner el pescado en venta. Por la noche tras los vidrios de las tabernas. Los habitantes de aquella ciudad holandesa estaban tan acostumbrados a aquel estruendo que no podían apreciar su furia, ni su belleza.

     No era así para el Viajero y su compañera. Habían llegado aquella mañana a Vlissingen, después de partir desde Ámsterdam, donde les había dejado el tren que tomaron en París. El Viajero se había impacientado al llegar a la ciudad portuaria y fue enseguida a la zona costera para preguntar por Bordick, siguiendo los consejos que le había dado el señor Payré. Jan Bordick era un marinero que se dedicaba al transporte de pasajeros entre Vlissingen y la Gran Biblioteca en Syrencall además de otras dos o tres ciudades de la costa oriental de Inglaterra. Cuando el Viajero y Ceara llegaron al puerto, Bordick se encontraba en el mar, haciendo uno de los trayectos, así que esperaban desayunando en una de las tabernas, cuyas vitrinas tenían vistas directas al mar.

- ¿Me vas a explicar qué biblioteca es esa a la que vamos? -preguntó Ceara cuando terminó las tostadas-

- ¿No te cansas nunca? Dos horas de tren preguntando lo mismo. Pensé que habías desistido. -dijo el Viajero, hastiado-

- Sé que hay cosas "secretas" que no me puedes contar, pero al menos podré saber a dónde me llevas, supongo.

- Mira que eres testaruda.

- ¿Y lo que te gusta? Mantengo vivo tu ingenio de lobo solitario.

- En fin... La Gran Biblioteca es el último bastión de todos los conocimientos... poco académicos. Esotéricos, mágicos... Ese tipo de cosas. ¿Has oído hablar de los alquimistas?

- Sí, claro. En mi colegio teníamos bastantes cosas hechas por alquimistas, pero nunca he sabido qué hacen exactamente.

- Yo tampoco lo sé muy bien, su disciplina es algo bastante desconocido. Además de que la gente no hace preguntas por la estúpida superstición, pero tengo entendido que de alguna forma cambian la estructura, la forma de la materia. El alma de las cosas, si lo prefieres. De esa forma consiguen objetos con propiedades asombrosas.

- ¿Funciona así? Qué curioso. Parece muy científico, no tan mágico como dicen.

- La magia no es más que ciencia bien entendida y bien aplicada. Al menos hasta donde yo sé. Aunque no comprendamos algo por muy mágico que parezca, siempre hay una respuesta detrás, sólo que aún no la conocemos.

     Los dos compañeros se detuvieron a beber sus respectivos cafés y a contemplar el mar picado. Durante la conversación de la noche en que se conocieron y el viaje en tren desde París a Ámsterdam, Ceara se sorprendía de lo fácil que le resultaba al Viajero profundizar en un tema. Se parecía a sus profesores del colegio cuando hablaban de su asignatura. Aquel joven con mirada de anciano había fascinado a la chica de una forma increíble. Algo en su mente se había roto al escapar y todos los fantasmas que la educación había dejado en su cabeza habían ido desapareciendo de uno en uno.

     Hacía unos meses habría sido impensable para Ceara Hettfield huir del internado y viajar con un desconocido hacia donde él la llevara. Pero había algo en su corazón que batía por volver a lo imprevisible, a lo salvaje. Algo en su interior la había sacado del automatismo de la vida cotidiana y
la empujaba a vivir.

- Viajero... -comenzó la chica hasta que su compañero la miró de nuevo- ¿Entonces los libros de esa biblioteca explican las cosas mágicas?

- No sé si decirlo así... Sé que tratan de eso. Aunque nosotros sólo buscamos uno, Love & Hate Rhapsody.

     Ceara dejó la conversación, el Viajero acababa de ver cómo se acercaba un barco al puerto, y aunque hasta media hora después no habría atracado, su compañero ya había salido al muelle a esperar. Cuando aquella embarcación hubo llegado a la costa, Bordick bajó de ella y tras cruzar unas palabras con un anciano que estaba ayudando a amarrar su buque, echó a andar bajo la lluvia en dirección al Viajero y Ceara. El marinero era un hombre de unos cuarenta años con el pelo rubio entrecano, corpulento y un par de centímetros más bajo que el Viajero. Tenía la cara cruzada por un millar de arrugas, entre las que brillaban sus ojos grises, astutos y alegres. Entre la barba de tres días lucía una sonrisa amplia.

- Me han dicho que vais a Syrencall. Yo soy Jan Bordick. -dijo el marinero en un perfecto inglés-

- Así es. ¿Cuando vuelve a salir su barco? -preguntó, impaciente, el Viajero-

- Mmm... no hay una hora exacta, pero mis hombres necesitan un descanso y si saliéramos dentro de media hora estaríamos de vuelta para comer en casa, así que supongo que en ese tiempo saldremos. Pueden subir a bordo y dejar su equipaje si quieren, sentarse incluso.

- Eso haremos, muchas gracias señor Bordick.
···


     La espuma del mar jugueteaba con el casco del barco de Bordick mientras se acercaba a la costa de Syrencall. Apoyado en la borda de proa, el Viajero vio por primera vez la ciudad en la que vivían sus desvelos y esperanzas. Parecía sacada de otro siglo. Se encontraba encajada en los acantilados, inaccesible desde tierra. Más que una ciudad eran un montón de casas apiñadas en torno a una calle que llevaba directamente desde el puerto hasta un edificio gigantesco de planta redonda con una enorme cúpula. La Gran Biblioteca. A su lado Ceara se frotó los hombros acusando el frío y el viento, y el Viajero la rodeó con el brazo. No dejó de mirar la imponente figura de la Gran Biblioteca hasta que no hubo desembarcado, y una vez con los pies en Syrencall sintió que estaba respirando un momento decisivo. Su momento.  

martes, 22 de octubre de 2013

Love & Hate Rhapsody: Capítulo IV

     Las calles estaban perladas de lluvia y dotaban a la ciudad de un halo fantasmagórico y encantador. La gente comenzaba a salir a los restaurantes, bares, cines y teatros. La ciudad se llenaba de color y sonrisas. Como una nota discordante en una armonía escrita con genialidad, el Viajero paseaba por las calles, empapándose del ambiente de la ciudad de la que había quedado prendado de niño.


     Había llegado unas horas atrás y ya había conseguido vender el coche. Ver de nuevo suficiente dinero en sus bolsillos había compensado la desazón por la pérdida del vehículo. Después había tomado un café y desde entonces había estado paseando por sus lugares favoritos de París. Fue a Montmartre en cuanto pudo y buscó un hostal para pasar allí la noche, ya que era su barrio favorito. Inconscientemente sus pasos le fueron llevando al último sitio que había visitado al llegar a París en el viaje de ida, cuando llegó al continente; un bar en una calle estrecha y tranquila. Miró a través del ventanal, el ambiente era el mismo, pero no localizó al chico del pelo rojo con el que había estado la última vez. Tuvo que contener las ganas de entrar y tomar una cerveza, pero pensó que al dueño no le haría gracia ver a alguien que hacía pocos meses se había peleado allí.


     Siguió caminando y se acercó a la estación de París Norte, quería salir cuanto antes a Ámsterdam, Bruselas o cualquier sitio desde el que llegar a Vlissingen y de allí a Syrencall. Llegó a la estación divisando desde la distancia su puerta principal. Le entusiasmaba lo ferroviario, de forma que de algún modo, sintió una pasión infantil hacia aquella estación. Cuando había estado en París, unos meses atrás, apenas había visitado alguna biblioteca, y de niño sólo había estado en la estación de Saint-Lazare, que había rememorado en muchas ocasiones en cuadros impresionistas.

     Atravesó las puertas cruzándose con otros que, cómo él, eran viajeros. Algunos lo hacían por ocio, por descanso. No faltaban trabajadores apurados que salían o entraban cansados y con ganas de llegar a sus casas. Pero esparcidos por los bancos y los recobecos de la estación se repartían otros viajeros, que viajaban por el hecho de viajar. Otros que como él viajaban solos en compañía de sus pensamientos y objetivos.

      Cruzó los pasillos hasta llegar a un panel en el que decía “Hollande”. Encontró en él un tren que salía de madrugada hacia Ámsterdam. Ese era perfecto. Giró la cabeza hasta localizar las taquillas y caminó hasta ellas, fijándose en la gente a su paso. No sabía si era una especie de obsesión o sencillamente curiosidad, pero siempre se detenía en los rostros de la gente a su alrededor, analizaba narices, ojos, bocas, expresiones. La mayoría revelaban una gran concentración en localizar las dependencias que buscaban. Otros corrían o aceleraban el paso, con un terror tenue en el rostro. Sólo algunos estaban completamente relajados y paseaban por la estación, disfrutando de su ambiente como otros disfrutarían el de un parque.


      Al acercarse a la taquilla, vio a una pareja de militares pidiendo la documentación a los que se acercaban a la cola. No podía evitarlos. No era fácil viajar lejos de casa sin permiso expreso. Él tenía uno que le habían facilitado en la Universidad, un permiso de investigación. No obstante, no sabía hasta qué punto las autoridades eran conscientes de su viaje, no había llamado la atención y sólo dos personas sabían lo que buscaba. Una de ellas era Payré, el anciano le había inspirado mucha confianza. La otra estaba muy lejos de allí. Y no lo delataría jamás, tenía tanta importancia para él como para el Viajero encontrar el libro y consumar su venganza.


      Cuando vio a los militares apostados tras una columna ya era demasiado tarde para dar la vuelta. Así que no tuvo más remedio que ser más rápido. Aceleró y se acercó directamente a ellos. Mentalmente repasó las frases que iba a decir, ya que, aunque su francés era bueno (un regalo del Nuevo Orden, hablaba o chapurreaba casi todas las lenguas de Europa) la fluidez era la mejor evidencia de que era extranjero.


         -Perdonen, ¿las taquillas de trayectos París-Holanda?

-Son éstas mismas. -contestó uno de ellos, seco.-


-Gracias al cielo. Vengo del sur, ¿saben? Voy a visitar a mi tía, que vive en Ámsterdam, pero es la primera vez que hago el trayecto solo, y claro, no conzco la ciudad apenas, menos las estaciones, y me pierdo. Además, vivo en un pueblo muy pequeñito y me agobio en seguida cuando vengo aquí, a París. -dijo el Viajero todo lo rápido que pudo, simulando estar apurado- Aunque siempre están ustedes en las estaciones, que me responden cuando pregunto. Llevo un rato dando vueltas y nadie se ha querido parar a darme indicaciones. Bueno, supongo que es la vida de la ciudad. -hizo una pausa y observó a los militares, que lo miraban sorprendido- Eso decía, que muchas gracias.


-Ya, ya, circule, por favor. Que aquí obstaculiza el paso. -dijo el mismo tipo que antes, incómodo-


-Sí, sí, claro. Disculpen.


      Siguió interpretando el papel perdido e hiperactivo hasta que llegó a la ventanilla y pagó el billete y luego, al marcharse saludó alegremente a los militares con la mano. Lo había conseguido. Era un truco que le habían enseñado de niño, en principio lo usaban para entrar en las discotecas sin la edad mínima, pero había funcionado. Era todo hablar primero y hacer olvidar al interlocutor cualquier control que tuviera que hacer.


      Con los nervios atenazándolo aún, tomó el metro y puso rumbo a su hostal, pero antes decidió tomar una cerveza en un bar cercano. El ambiente era sórdido. Parecía el último reducto parisino de la mala vida que el Ejército casi había eliminado. Alcóholicos, drogadictos y muertos de hambre se hacinaban en aquel tugurio. Pero aquella compañía era la mejor noticia, nadie se fijaría en él. Todos estaban demasiado sumergidos en la cerveza, el whisky, sus penas o en el viaje que habían comprado con la última dosis. Se acercó a la barra y consiguió sentarse en un taburete en el fondo del bar, desde donde lo veía todo.


      Pidió una cerveza y la bebió con tranquilidad, declinando todo ofrecimiento de cualquier novedad en drogas de síntesis, vetusta heroína o favores sexuales por dinero con el que pagar un chute más. No le molestó en absoluto. Tenía debilidad por la gente autodestructiva y aquel bar era el lugar más plagado de autodestructivos que había visto. Observó actitudes y charló a ratos con el camarero de nada en especial. La tristeza de la que se imbuía aquel lugar eran tan oscura como la goma negra con la que muchos se envenenaban las venas. Pero, como en todos los lugares oscuros, la luz parece más brillante.

      Quedaban un par de dedos de cerveza en su pinta cuando el Viajero estaba decidiendo si era hora de dormir o podía permitirse beber otra cerveza. En ese momento, mientras dilataba poco a poco la decisión final. La puerta del establecimiento se abrió dando paso a una chica de no más de dieciocho años. Era preciosa. Tenía el pelo castaño claro recogido en un moño y los rasgos finos, pero con algo viril que la hacía, indudablemente, mucho más atractiva. A pesar de esa belleza, lo que más llamó la atención del Viajero fueron los ojos de la chica. Eran de un azul muy intenso, o más bien de un color verdeazulado que no había visto nunca y que, por su rareza, le hicieron pensar en los suyos, rojizos.

     La muchacha se quedó clavada en la puerta con una expresión asustadiza, pero antes de que nadie, salvo el Viajero, se diera cuenta de que estaba allí, cambió su miedo en dureza y se dirigió a la barra con decisión, aparentando cinco años más que cuando había entrado. Pidió una cerveza y miró alrededor manteniendo a raya a los borrachos con miradas fulminantes. El Viajero quedó prendado de aquella chica. Había mucha dulzura en ella, pero oculta en algo salvaje. En general le recordó inevitablemente a un gato. Cuando le trajeron la cerveza se puso a hablar con el camarero, que a los pocos minutos se fue de su lado para atender y acabar junto al Viajero.


-Caray con la niña. -dijo el camarero-


-¿Qué ocurre con ella? -se interesó el joven-


-Que tiene un carácter de no te menees. Le he dicho que debería irse, que este no era lugar para ella… en fin, que yo sé lo que hay en este bar, pero no me gusta que venga gente tan joven. No es un buen ambiente. El caso es que le he propuesto que se fuera a otro sitio, o a casa, pero que no era lugar para ella. Y coge la tía y me contesta: “¿Tengo cara de princesa? ¿Eh? ¿Tengo cara de necesitar que cuiden de mí? Pues entonces déjame.”


-Sí, sí que tiene carácter.


-Ya ve, me he ido con el rabo entre las piernas. ¡Hay que
joderse!


-Voy a hablar con ella.


-Como quieras. Pero no llamo ambulancias. -dijo el camarero, riéndose a carcajadas-


      El Viajero le pidió otra pinta antes de irse y se acercó a ella. Se sentía estúpido. Muy estúpido, pero quería convencerla de que se fuera con él.


-Hola. ¿te apetece que te invite a algo en otro sitio?


-Hola, te puedes ir por donde has venido. No necesito caballeros andantes.


-Ya, ya me ha dicho el camarero que no eras una princesa. Pero el caso es que yo soy un dragón y me apetecía demostrarte que lo eres secuestrándote.


-¿Siempre dices lo mismo para ligar? -contestó la chica, esquiva.-


-Nada más lejos de mi intención, de hecho cuando intento ligar me convierto más bien en una especie de bardo. Toco música toda la noche, endulzo los oídos y al final duermo solo.


      El último chiste pasó la barrera y a la chica se le escapó una sonrisa.


-Bueno, a lo mejor estoy dispuesta a que me endulcen los oídos… en otro sitio. -contestó- Aunque seguirás durmiendo solo.


-Por mí perfecto, pero me gustaría saber tu nombre, para encajar mis versos.
La chica se cerró. Lo miró fijamente largo rato y los ojos rojos se cruzaron con los de color aguamarina de la chica.


-Me llamo Ceara. Ceara Hettfield. -contestó-


-¿Eres inglesa? -dijo el Viajero, en inglés-


-Sí, ¿tú también?


-No, irlandés en realidad.


-¿Y te llamas?


-Bueno, me llaman el Viajero. -cuando lo dijo algo brilló en los ojos de la chica-


-Ahm. Y, ¿a dónde viajas?


-A muchos sitios, llevo meses sin parar de viajar. Mañana me voy a Ámsterdam.


-Ya. -la chica hizo una pausa larga- ¿puedo ir contigo?


-Si no eres proscrita de la justicia ni nada por el estilo… Sí.


-¿En serio?


-¿Por qué no?


-Bueno, es que… -se volvió a detener, el papel que llevaba casi una hora interpretando se desvanecía- Me he escapado. De mi colegio. Pero no soy una niña, ¿entendido? Estoy terminando, al año que viene ya iría a la Universidad. Estudio aquí, pero estoy harta. Mis padres me han tenido interna desde que era pequeña, pero se acabó. Me han dicho que no puedo volver a casa. Y si no es en casa pues me voy.


-¿Eres mayor de edad?


-¿Te importa?


-A mí no, pero me puedo buscar un follón.


-No soy mayor de edad aún. Pero lo seré en dos meses. ¿Puedes sobrellevar ese riesgo?


      Lo cierto era que no. Si sus padres denunciaban que estaba desaparecida, podían buscarla y dar con él. Pero al hablar con ella se dio cuenta de que la necesitaba. No porque fuera preciosa, ni atractiva. Necesitaba un compañero de viaje y ella era ideal. Irónica, ácida. Decidió. Y como siempre que decide el amor, se elige el riesgo.


-Puedo sobrellevarlo. Pero preferiría hablar de esto en un lugar con menos oídos.


      Ceara accedió a la petición del Viajero y tras decidir brevemente se encaminaron a la habitación del hostal del joven, previo aviso de la chica para evitar malentendidos. Mientras caminaban hablaron de cosas sin importancia, Ceara respetaba el silencio que se imponía para seguir hablando de su reciente asociación como compañeros de travesía. El Viajero lo agradecía y disfrutaba de la conversación echando convenientemente leña al ingenio de ambos, lo que mantuvo la conversación viva y animada.


      Sólo reparó en lo que había ocurrido cuando se hizo el silencio al entrar en el hostal. Mientras acompañaba a Ceara por la escalera retorcida como en un sueño, el Viajero se dio cuenta de que llevaba meses sin hablar tanto con nadie que no fuera en una entrevista, y que, después de tanto sigilo y clandestinidad, iba a viajar con una muchacha a la que conocía de apenas unos minutos. Ante este razonamiento y el miedo que generó, el corazón del Viajero reaccionó noqueando a su parte racional. Algo dentro de él mismo le empujaba a tender su mano a Ceara y llevarla con él en su viaje.


      Pasaron casi toda la noche hablando, aunque ambos se ocultaron sus vidas pasadas, creando un consenso sin palabras, un consenso por el cual iban a crear una vida y un mundo nuevos para ser compañeros de viaje. El Viajero le contó que buscaba Love & Hate Rhapsody e intentó describir la importancia que tenía para él, aunque no dijo por qué lo buscaba directamente. Ella por su parte se limitó a escuchar y a hablar cuando la conversación se escabullía de la vida de ambos y del viaje, y se obligó, empujando consigo al Viajero a ignorar lo que fuera a pasar al día siguiente.



      Cuando el sol se abrió paso en el horizonte, los dos compañeros llegaban a la estación de ferrocarril y se acomodaban juntos en un vagón. El halo mágico de aquel lugar se anidó en sus corazones, y se convirtió en el lugar común en el que de ahí en adelante escribirían cada compás de sus vidas .