miércoles, 30 de octubre de 2013

Love & Hate Rhapsody: Capítulo V

     La lluvia golpeaba los pliegues plateados de las olas, fusionando el sonido de las gotas al caer con el rugido del mar agitado. Desde el puerto de Vlissingen el ruido del océano y la tormenta eran la base rítmica de cada día, al salir a faenar y al volver para poner el pescado en venta. Por la noche tras los vidrios de las tabernas. Los habitantes de aquella ciudad holandesa estaban tan acostumbrados a aquel estruendo que no podían apreciar su furia, ni su belleza.

     No era así para el Viajero y su compañera. Habían llegado aquella mañana a Vlissingen, después de partir desde Ámsterdam, donde les había dejado el tren que tomaron en París. El Viajero se había impacientado al llegar a la ciudad portuaria y fue enseguida a la zona costera para preguntar por Bordick, siguiendo los consejos que le había dado el señor Payré. Jan Bordick era un marinero que se dedicaba al transporte de pasajeros entre Vlissingen y la Gran Biblioteca en Syrencall además de otras dos o tres ciudades de la costa oriental de Inglaterra. Cuando el Viajero y Ceara llegaron al puerto, Bordick se encontraba en el mar, haciendo uno de los trayectos, así que esperaban desayunando en una de las tabernas, cuyas vitrinas tenían vistas directas al mar.

- ¿Me vas a explicar qué biblioteca es esa a la que vamos? -preguntó Ceara cuando terminó las tostadas-

- ¿No te cansas nunca? Dos horas de tren preguntando lo mismo. Pensé que habías desistido. -dijo el Viajero, hastiado-

- Sé que hay cosas "secretas" que no me puedes contar, pero al menos podré saber a dónde me llevas, supongo.

- Mira que eres testaruda.

- ¿Y lo que te gusta? Mantengo vivo tu ingenio de lobo solitario.

- En fin... La Gran Biblioteca es el último bastión de todos los conocimientos... poco académicos. Esotéricos, mágicos... Ese tipo de cosas. ¿Has oído hablar de los alquimistas?

- Sí, claro. En mi colegio teníamos bastantes cosas hechas por alquimistas, pero nunca he sabido qué hacen exactamente.

- Yo tampoco lo sé muy bien, su disciplina es algo bastante desconocido. Además de que la gente no hace preguntas por la estúpida superstición, pero tengo entendido que de alguna forma cambian la estructura, la forma de la materia. El alma de las cosas, si lo prefieres. De esa forma consiguen objetos con propiedades asombrosas.

- ¿Funciona así? Qué curioso. Parece muy científico, no tan mágico como dicen.

- La magia no es más que ciencia bien entendida y bien aplicada. Al menos hasta donde yo sé. Aunque no comprendamos algo por muy mágico que parezca, siempre hay una respuesta detrás, sólo que aún no la conocemos.

     Los dos compañeros se detuvieron a beber sus respectivos cafés y a contemplar el mar picado. Durante la conversación de la noche en que se conocieron y el viaje en tren desde París a Ámsterdam, Ceara se sorprendía de lo fácil que le resultaba al Viajero profundizar en un tema. Se parecía a sus profesores del colegio cuando hablaban de su asignatura. Aquel joven con mirada de anciano había fascinado a la chica de una forma increíble. Algo en su mente se había roto al escapar y todos los fantasmas que la educación había dejado en su cabeza habían ido desapareciendo de uno en uno.

     Hacía unos meses habría sido impensable para Ceara Hettfield huir del internado y viajar con un desconocido hacia donde él la llevara. Pero había algo en su corazón que batía por volver a lo imprevisible, a lo salvaje. Algo en su interior la había sacado del automatismo de la vida cotidiana y
la empujaba a vivir.

- Viajero... -comenzó la chica hasta que su compañero la miró de nuevo- ¿Entonces los libros de esa biblioteca explican las cosas mágicas?

- No sé si decirlo así... Sé que tratan de eso. Aunque nosotros sólo buscamos uno, Love & Hate Rhapsody.

     Ceara dejó la conversación, el Viajero acababa de ver cómo se acercaba un barco al puerto, y aunque hasta media hora después no habría atracado, su compañero ya había salido al muelle a esperar. Cuando aquella embarcación hubo llegado a la costa, Bordick bajó de ella y tras cruzar unas palabras con un anciano que estaba ayudando a amarrar su buque, echó a andar bajo la lluvia en dirección al Viajero y Ceara. El marinero era un hombre de unos cuarenta años con el pelo rubio entrecano, corpulento y un par de centímetros más bajo que el Viajero. Tenía la cara cruzada por un millar de arrugas, entre las que brillaban sus ojos grises, astutos y alegres. Entre la barba de tres días lucía una sonrisa amplia.

- Me han dicho que vais a Syrencall. Yo soy Jan Bordick. -dijo el marinero en un perfecto inglés-

- Así es. ¿Cuando vuelve a salir su barco? -preguntó, impaciente, el Viajero-

- Mmm... no hay una hora exacta, pero mis hombres necesitan un descanso y si saliéramos dentro de media hora estaríamos de vuelta para comer en casa, así que supongo que en ese tiempo saldremos. Pueden subir a bordo y dejar su equipaje si quieren, sentarse incluso.

- Eso haremos, muchas gracias señor Bordick.
···


     La espuma del mar jugueteaba con el casco del barco de Bordick mientras se acercaba a la costa de Syrencall. Apoyado en la borda de proa, el Viajero vio por primera vez la ciudad en la que vivían sus desvelos y esperanzas. Parecía sacada de otro siglo. Se encontraba encajada en los acantilados, inaccesible desde tierra. Más que una ciudad eran un montón de casas apiñadas en torno a una calle que llevaba directamente desde el puerto hasta un edificio gigantesco de planta redonda con una enorme cúpula. La Gran Biblioteca. A su lado Ceara se frotó los hombros acusando el frío y el viento, y el Viajero la rodeó con el brazo. No dejó de mirar la imponente figura de la Gran Biblioteca hasta que no hubo desembarcado, y una vez con los pies en Syrencall sintió que estaba respirando un momento decisivo. Su momento.  

martes, 22 de octubre de 2013

Love & Hate Rhapsody: Capítulo IV

     Las calles estaban perladas de lluvia y dotaban a la ciudad de un halo fantasmagórico y encantador. La gente comenzaba a salir a los restaurantes, bares, cines y teatros. La ciudad se llenaba de color y sonrisas. Como una nota discordante en una armonía escrita con genialidad, el Viajero paseaba por las calles, empapándose del ambiente de la ciudad de la que había quedado prendado de niño.


     Había llegado unas horas atrás y ya había conseguido vender el coche. Ver de nuevo suficiente dinero en sus bolsillos había compensado la desazón por la pérdida del vehículo. Después había tomado un café y desde entonces había estado paseando por sus lugares favoritos de París. Fue a Montmartre en cuanto pudo y buscó un hostal para pasar allí la noche, ya que era su barrio favorito. Inconscientemente sus pasos le fueron llevando al último sitio que había visitado al llegar a París en el viaje de ida, cuando llegó al continente; un bar en una calle estrecha y tranquila. Miró a través del ventanal, el ambiente era el mismo, pero no localizó al chico del pelo rojo con el que había estado la última vez. Tuvo que contener las ganas de entrar y tomar una cerveza, pero pensó que al dueño no le haría gracia ver a alguien que hacía pocos meses se había peleado allí.


     Siguió caminando y se acercó a la estación de París Norte, quería salir cuanto antes a Ámsterdam, Bruselas o cualquier sitio desde el que llegar a Vlissingen y de allí a Syrencall. Llegó a la estación divisando desde la distancia su puerta principal. Le entusiasmaba lo ferroviario, de forma que de algún modo, sintió una pasión infantil hacia aquella estación. Cuando había estado en París, unos meses atrás, apenas había visitado alguna biblioteca, y de niño sólo había estado en la estación de Saint-Lazare, que había rememorado en muchas ocasiones en cuadros impresionistas.

     Atravesó las puertas cruzándose con otros que, cómo él, eran viajeros. Algunos lo hacían por ocio, por descanso. No faltaban trabajadores apurados que salían o entraban cansados y con ganas de llegar a sus casas. Pero esparcidos por los bancos y los recobecos de la estación se repartían otros viajeros, que viajaban por el hecho de viajar. Otros que como él viajaban solos en compañía de sus pensamientos y objetivos.

      Cruzó los pasillos hasta llegar a un panel en el que decía “Hollande”. Encontró en él un tren que salía de madrugada hacia Ámsterdam. Ese era perfecto. Giró la cabeza hasta localizar las taquillas y caminó hasta ellas, fijándose en la gente a su paso. No sabía si era una especie de obsesión o sencillamente curiosidad, pero siempre se detenía en los rostros de la gente a su alrededor, analizaba narices, ojos, bocas, expresiones. La mayoría revelaban una gran concentración en localizar las dependencias que buscaban. Otros corrían o aceleraban el paso, con un terror tenue en el rostro. Sólo algunos estaban completamente relajados y paseaban por la estación, disfrutando de su ambiente como otros disfrutarían el de un parque.


      Al acercarse a la taquilla, vio a una pareja de militares pidiendo la documentación a los que se acercaban a la cola. No podía evitarlos. No era fácil viajar lejos de casa sin permiso expreso. Él tenía uno que le habían facilitado en la Universidad, un permiso de investigación. No obstante, no sabía hasta qué punto las autoridades eran conscientes de su viaje, no había llamado la atención y sólo dos personas sabían lo que buscaba. Una de ellas era Payré, el anciano le había inspirado mucha confianza. La otra estaba muy lejos de allí. Y no lo delataría jamás, tenía tanta importancia para él como para el Viajero encontrar el libro y consumar su venganza.


      Cuando vio a los militares apostados tras una columna ya era demasiado tarde para dar la vuelta. Así que no tuvo más remedio que ser más rápido. Aceleró y se acercó directamente a ellos. Mentalmente repasó las frases que iba a decir, ya que, aunque su francés era bueno (un regalo del Nuevo Orden, hablaba o chapurreaba casi todas las lenguas de Europa) la fluidez era la mejor evidencia de que era extranjero.


         -Perdonen, ¿las taquillas de trayectos París-Holanda?

-Son éstas mismas. -contestó uno de ellos, seco.-


-Gracias al cielo. Vengo del sur, ¿saben? Voy a visitar a mi tía, que vive en Ámsterdam, pero es la primera vez que hago el trayecto solo, y claro, no conzco la ciudad apenas, menos las estaciones, y me pierdo. Además, vivo en un pueblo muy pequeñito y me agobio en seguida cuando vengo aquí, a París. -dijo el Viajero todo lo rápido que pudo, simulando estar apurado- Aunque siempre están ustedes en las estaciones, que me responden cuando pregunto. Llevo un rato dando vueltas y nadie se ha querido parar a darme indicaciones. Bueno, supongo que es la vida de la ciudad. -hizo una pausa y observó a los militares, que lo miraban sorprendido- Eso decía, que muchas gracias.


-Ya, ya, circule, por favor. Que aquí obstaculiza el paso. -dijo el mismo tipo que antes, incómodo-


-Sí, sí, claro. Disculpen.


      Siguió interpretando el papel perdido e hiperactivo hasta que llegó a la ventanilla y pagó el billete y luego, al marcharse saludó alegremente a los militares con la mano. Lo había conseguido. Era un truco que le habían enseñado de niño, en principio lo usaban para entrar en las discotecas sin la edad mínima, pero había funcionado. Era todo hablar primero y hacer olvidar al interlocutor cualquier control que tuviera que hacer.


      Con los nervios atenazándolo aún, tomó el metro y puso rumbo a su hostal, pero antes decidió tomar una cerveza en un bar cercano. El ambiente era sórdido. Parecía el último reducto parisino de la mala vida que el Ejército casi había eliminado. Alcóholicos, drogadictos y muertos de hambre se hacinaban en aquel tugurio. Pero aquella compañía era la mejor noticia, nadie se fijaría en él. Todos estaban demasiado sumergidos en la cerveza, el whisky, sus penas o en el viaje que habían comprado con la última dosis. Se acercó a la barra y consiguió sentarse en un taburete en el fondo del bar, desde donde lo veía todo.


      Pidió una cerveza y la bebió con tranquilidad, declinando todo ofrecimiento de cualquier novedad en drogas de síntesis, vetusta heroína o favores sexuales por dinero con el que pagar un chute más. No le molestó en absoluto. Tenía debilidad por la gente autodestructiva y aquel bar era el lugar más plagado de autodestructivos que había visto. Observó actitudes y charló a ratos con el camarero de nada en especial. La tristeza de la que se imbuía aquel lugar eran tan oscura como la goma negra con la que muchos se envenenaban las venas. Pero, como en todos los lugares oscuros, la luz parece más brillante.

      Quedaban un par de dedos de cerveza en su pinta cuando el Viajero estaba decidiendo si era hora de dormir o podía permitirse beber otra cerveza. En ese momento, mientras dilataba poco a poco la decisión final. La puerta del establecimiento se abrió dando paso a una chica de no más de dieciocho años. Era preciosa. Tenía el pelo castaño claro recogido en un moño y los rasgos finos, pero con algo viril que la hacía, indudablemente, mucho más atractiva. A pesar de esa belleza, lo que más llamó la atención del Viajero fueron los ojos de la chica. Eran de un azul muy intenso, o más bien de un color verdeazulado que no había visto nunca y que, por su rareza, le hicieron pensar en los suyos, rojizos.

     La muchacha se quedó clavada en la puerta con una expresión asustadiza, pero antes de que nadie, salvo el Viajero, se diera cuenta de que estaba allí, cambió su miedo en dureza y se dirigió a la barra con decisión, aparentando cinco años más que cuando había entrado. Pidió una cerveza y miró alrededor manteniendo a raya a los borrachos con miradas fulminantes. El Viajero quedó prendado de aquella chica. Había mucha dulzura en ella, pero oculta en algo salvaje. En general le recordó inevitablemente a un gato. Cuando le trajeron la cerveza se puso a hablar con el camarero, que a los pocos minutos se fue de su lado para atender y acabar junto al Viajero.


-Caray con la niña. -dijo el camarero-


-¿Qué ocurre con ella? -se interesó el joven-


-Que tiene un carácter de no te menees. Le he dicho que debería irse, que este no era lugar para ella… en fin, que yo sé lo que hay en este bar, pero no me gusta que venga gente tan joven. No es un buen ambiente. El caso es que le he propuesto que se fuera a otro sitio, o a casa, pero que no era lugar para ella. Y coge la tía y me contesta: “¿Tengo cara de princesa? ¿Eh? ¿Tengo cara de necesitar que cuiden de mí? Pues entonces déjame.”


-Sí, sí que tiene carácter.


-Ya ve, me he ido con el rabo entre las piernas. ¡Hay que
joderse!


-Voy a hablar con ella.


-Como quieras. Pero no llamo ambulancias. -dijo el camarero, riéndose a carcajadas-


      El Viajero le pidió otra pinta antes de irse y se acercó a ella. Se sentía estúpido. Muy estúpido, pero quería convencerla de que se fuera con él.


-Hola. ¿te apetece que te invite a algo en otro sitio?


-Hola, te puedes ir por donde has venido. No necesito caballeros andantes.


-Ya, ya me ha dicho el camarero que no eras una princesa. Pero el caso es que yo soy un dragón y me apetecía demostrarte que lo eres secuestrándote.


-¿Siempre dices lo mismo para ligar? -contestó la chica, esquiva.-


-Nada más lejos de mi intención, de hecho cuando intento ligar me convierto más bien en una especie de bardo. Toco música toda la noche, endulzo los oídos y al final duermo solo.


      El último chiste pasó la barrera y a la chica se le escapó una sonrisa.


-Bueno, a lo mejor estoy dispuesta a que me endulcen los oídos… en otro sitio. -contestó- Aunque seguirás durmiendo solo.


-Por mí perfecto, pero me gustaría saber tu nombre, para encajar mis versos.
La chica se cerró. Lo miró fijamente largo rato y los ojos rojos se cruzaron con los de color aguamarina de la chica.


-Me llamo Ceara. Ceara Hettfield. -contestó-


-¿Eres inglesa? -dijo el Viajero, en inglés-


-Sí, ¿tú también?


-No, irlandés en realidad.


-¿Y te llamas?


-Bueno, me llaman el Viajero. -cuando lo dijo algo brilló en los ojos de la chica-


-Ahm. Y, ¿a dónde viajas?


-A muchos sitios, llevo meses sin parar de viajar. Mañana me voy a Ámsterdam.


-Ya. -la chica hizo una pausa larga- ¿puedo ir contigo?


-Si no eres proscrita de la justicia ni nada por el estilo… Sí.


-¿En serio?


-¿Por qué no?


-Bueno, es que… -se volvió a detener, el papel que llevaba casi una hora interpretando se desvanecía- Me he escapado. De mi colegio. Pero no soy una niña, ¿entendido? Estoy terminando, al año que viene ya iría a la Universidad. Estudio aquí, pero estoy harta. Mis padres me han tenido interna desde que era pequeña, pero se acabó. Me han dicho que no puedo volver a casa. Y si no es en casa pues me voy.


-¿Eres mayor de edad?


-¿Te importa?


-A mí no, pero me puedo buscar un follón.


-No soy mayor de edad aún. Pero lo seré en dos meses. ¿Puedes sobrellevar ese riesgo?


      Lo cierto era que no. Si sus padres denunciaban que estaba desaparecida, podían buscarla y dar con él. Pero al hablar con ella se dio cuenta de que la necesitaba. No porque fuera preciosa, ni atractiva. Necesitaba un compañero de viaje y ella era ideal. Irónica, ácida. Decidió. Y como siempre que decide el amor, se elige el riesgo.


-Puedo sobrellevarlo. Pero preferiría hablar de esto en un lugar con menos oídos.


      Ceara accedió a la petición del Viajero y tras decidir brevemente se encaminaron a la habitación del hostal del joven, previo aviso de la chica para evitar malentendidos. Mientras caminaban hablaron de cosas sin importancia, Ceara respetaba el silencio que se imponía para seguir hablando de su reciente asociación como compañeros de travesía. El Viajero lo agradecía y disfrutaba de la conversación echando convenientemente leña al ingenio de ambos, lo que mantuvo la conversación viva y animada.


      Sólo reparó en lo que había ocurrido cuando se hizo el silencio al entrar en el hostal. Mientras acompañaba a Ceara por la escalera retorcida como en un sueño, el Viajero se dio cuenta de que llevaba meses sin hablar tanto con nadie que no fuera en una entrevista, y que, después de tanto sigilo y clandestinidad, iba a viajar con una muchacha a la que conocía de apenas unos minutos. Ante este razonamiento y el miedo que generó, el corazón del Viajero reaccionó noqueando a su parte racional. Algo dentro de él mismo le empujaba a tender su mano a Ceara y llevarla con él en su viaje.


      Pasaron casi toda la noche hablando, aunque ambos se ocultaron sus vidas pasadas, creando un consenso sin palabras, un consenso por el cual iban a crear una vida y un mundo nuevos para ser compañeros de viaje. El Viajero le contó que buscaba Love & Hate Rhapsody e intentó describir la importancia que tenía para él, aunque no dijo por qué lo buscaba directamente. Ella por su parte se limitó a escuchar y a hablar cuando la conversación se escabullía de la vida de ambos y del viaje, y se obligó, empujando consigo al Viajero a ignorar lo que fuera a pasar al día siguiente.



      Cuando el sol se abrió paso en el horizonte, los dos compañeros llegaban a la estación de ferrocarril y se acomodaban juntos en un vagón. El halo mágico de aquel lugar se anidó en sus corazones, y se convirtió en el lugar común en el que de ahí en adelante escribirían cada compás de sus vidas .

miércoles, 16 de octubre de 2013

Love & Hate Rhapsody: Capítulo III

    El Viajero disfrutaba relajado en el viejo Renault que había comprado hacía meses, al entrar en Francia. Había parado en una estación de carretera para descansar y comer algo, aprovechando también para contar el dinero del que disponía. Era difícil que pudiera seguir viajando en aquel coche, pagando la gasolina, si tenía que llegar hasta los Países Bajos. Calculaba que con lo que le quedaba podría llegar hasta cerca de París y, vendiendo el coche, podría llegar a viajar bastantes meses más, caminando y usando los trenes.

    Desde que se había impuesto el Nuevo Orden el combustible era caro; las carreteras estaban menos controladas que otros medios de transporte, y era una forma de evitar que se realizaran movimientos sin controlar. Tener que usar los trenes y autobuses le suponía ser más cuidadoso para que no lo descubrieran, pero si seguía con su automóvil, su viaje no duraría mucho.

      Hacer cuentas y tener que prescindir del coche le había sentado mal. Si el dinero no le iba a llegar era porque en principio pensó que su viaje sería más corto, pero había tenido que andar y desandar varias veces el mismo camino. Había estado tres veces en Basilea, y dos en Lyon. Había pisado las mismas carreteras una y otra vez, siguiendo las pistas que le daban en cada nueva visita.

      Siguió conduciendo casi cuatro horas más, y paró en un pueblo no muy grande para cenar y dormir. Encontró un hostal a la entrada del pueblo, casi en la carretera. El sitio no tenía muy buen aspecto pero el Viajero tenía que moverse por lo que un profesor italiano al que entrevistó unos meses atrás llamaba el Submundo. Aquel hombre no le había dado ninguna pista que le llevara al libro que buscaba, pero le había hablado y explicado muy bien el mundo en el que vivía. Leo Perretta, aquel profesor italiano, llamaba Submundo a las zonas rurales, ya que después de que se instaurara el Nuevo Orden, en los pueblos el Ejército no tenía casi presencia. Toda la delincuencia, la resistencia y los disidentes se habían trasladado a esas zonas.

       Las ciudades vivían al día, disfrutando de la tecnología, pero en los pueblos los avances se iban retrasando, de forma que en parte se habían recuperado valores y técnicas tradicionales. Perretta se consideraba contrario al régimen militar aunque confesó al Viajero que cuando se dio el levantamiento, casi veinte años atrás, él fue uno de los que lo apoyaron. El Viajero, para quien la vida antes del Ejército era un sueño lejano de la infancia, no comprendía la postura. Tampoco nadie le había contado nunca lo que había ocurrido en aquella semana. Durante sus años en la universidad había estudiado la versión oficial, pero ésta, incluso en los estudios superiores era escandalosamente breve, y no decía nada, cuando no tenía visos de propaganda, detalles que hacían que el Nuevo Orden se pareciera mucho en sus formas a la antigua Unión Soviética, o a los regímenes fascistas.

        Aquel día en Milán, sentado en el despacho del profesor Perretta, por fin pudo preguntar qué había ocurrido. El italiano se tomó un minuto para poner en orden sus ideas y luego comenzó a hablar.

Entiendo lo difícil que es evaluar aquellos días viéndolo desde hoy, cuando el Ejército es algo completamente distinto a lo que supuso en su momento. Hazte a la idea de lo siguiente. Ha pasado casi un siglo de democracias modernas, se suceden los años y cada vez se dan pasos para llegar a una democracia más real, más práctica. Pero pasa el tiempo y los partidos, los políticos, las células de poder se encierran en sí mismas y crean una especie de oligarquía disfrazada de democracia. Al principio es imperceptible. Pero poco a poco, la gente se siente engañada. En aquellos días la democracia era el mal. La gente prefería una dictadura que dijera que lo es a una dictadura disfrazada. El Ejército hizo el resto.

Al parecer desde unos meses antes del levantamiento, algunos generales de varios países de Europa se estaban reuniendo para dar el golpe. Al final ocurrió aquella semana de noviembre. El Ejército depuso a los políticos y se puso al mando. En pocos meses habían organizado todo. Disciplina militar, ya sabes. Todo parecía lógico. Escogieron a los mejores expertos para dirigir los diferentes aspectos del país. Ningún ministerio tenía una cabeza, sino un comité de decisión, con uno de sus miembros como portavoz. Europa comenzó a funcionar como hacía años que no ocurría. No había diferencias por la nacionalidad, teníamos las mismas oportunidades, daba igual que fueras alemán, inglés, ucraniano o checo. Lo importante era ser europeo.

En otros sitios del mundo, empezaron a pasar cosas parecidas, y poco a poco la desigualdad desaparecía. Por primera vez en milenios todos los seres humanos eran realmente iguales. Pero eso era una utopía, y no podía existir. Y nuestro enemigo para ello somos nosotros mismos. Algunos militares empezaron a abusar de su posición. El Mando Central tapaba esos casos para evitar que se diera una mala imagen del Ejército, pero tampoco pudieron controlar a esa gente. En poco tiempo, las cosas seguían mejorando, pero debajo había una lista infinita de abusos.

Por otro lado, algunos profesores e intelectuales denunciaron que había libros que desaparecían de las bibliotecas. Había ciertos ámbitos del saber que se estaban ocultando. Todos relacionados con lo que hay más allá. Cosas referentes al ocultismo, la energía, la “magia” si se puede llamar así. Digamos que había toda una historia oculta del mundo cubierta por el Ejército. Aún no sé porqué. Hoy me opongo a este Nuevo Orden, pero hemos aprendido todos mucho estos años. Hemos visto que un mundo mejor es posible, y ahora lo intentaremos de nuevo, pero necesitamos estar seguros de que el Gobierno, sea quien sea, no pueda hacer lo que quiera con nosotros. Y claro, el ser humano puede permitir que le cuiden como si fuera un niño pequeño, pero no es fácil soportarlo cuando ya has madurado. No estaría de más que recordaras que el Nuevo Orden no es malo, sencillamente hace mal.

       Tras aquella entrevista, el Viajero tuvo que volver a Lyon, de donde venía, y aunque no tenía nuevas pistas sobre el libro, le encantó aprender todo aquello del profesor Perretta. Recordando todo lo que había hablado aquel día en Milán, el Viajero terminó la cena que había pedido en el hostal. Subió a la habitación y volvió a hacer cálculos. Definitivamente, iba a tener que abandonar el coche. Le molestó la sensación de pérdida de independencia que le generaba tener que perder aquello que había sido su medio de transporte y su casa en ocasiones, lo único suyo durante los meses de búsqueda. Pero al fin y al cabo lo importante era llegar al libro. Lo importante era Love & Hate Rhapsody.

        Estaba cansado de la jornada, de forma que decidió irse a dormir, pero antes quiso darse una ducha. Al salir se miró en el espejo. El pelo le había crecido una barbaridad desde que había salido de casa, y hacía al menos dos semanas que no se afeitaba, de forma que su reflejo le devolvía una imagen salvaje que no le disgustaba del todo. Había perdido peso y sus músculos se insinuaban debajo de la piel. En los meses que llevaba viajando no había comido demasiado, en parte por ahorrar dinero, en parte porque los nervios le habían cerrado el estómago hasta nuevo aviso.

       Se quedó contemplando su reflejo un rato y se decidió a rebuscar en su equipaje hasta dar con la cuchilla de afeitar, a fin de evitar acabar con una barba excesivamente larga. Cuando terminó estaba mucho más a gusto consigo mismo, aunque sabía que a la mañana siguiente volvería a tener las mejillas oscurecidas.

        Lavó la ropa que llevaba desde hacía días y la puso a secar sobre la silla y colgada de la barra de las cortinas de la ducha, se puso ropa limpia de su macuto y se tumbó en la cama. Tardó unos minutos en dormirse, dejando a su mente vagar y recordar, no sin añoranza, los días de felicidad en casa. Supo en aquel instante que aquella persona que fue había muerto en muchos aspectos, dando paso al Viajero. Echó de menos su yo anterior, pero la decisión por lograr su misión se convirtió en su escudo contra todo lo que estuviera por llegar.

        El canto de los pájaros creaba una síncopa desconcertante cuando el Viajero abrió los ojos. El sol apenas se dejaba intuir en el horizonte, en forma de una claridad con aire espectral, pero el ruido que el panadero hacía al otro lado de la calle había obligado a los pájaros a decidir que el día ya había comenzado.

      El Viajero se incorporó y miró a su alrededor. No terminaba de acostumbrarse a despertar cada día en un sitio diferente, y siempre tenía que darse unos segundos hasta poder ubicarse correctamente. Las primeras veces éste era un momento angustioso, pero a medida que las semanas pasaban en procesión, descubrir dónde había dormido se convirtió en una especie de juego y la sensación que lo invadía era de curiosidad. “Preferiría no saber donde estoy debido a una exagerada ingesta de whisky”, pensó. Solía hacerse chistes a sí mismo, para combatir la soledad. Normalmente no tenía mucho tiempo para pensar en nada que no fuera el viaje, pero los ratos al volante y las mañanas eran un momento de soledad inmensa. A veces temía volverse loco, otras sencillamente se reía de sí mismo por montar divertidas conversaciones en la cabeza.

     Bajó a la cafetería del hostal y comprobó que se había levantado antes incluso que el propio camarero, de modo que subió de nuevo a la habitación y se dedicó a ordenar y dejar listo todo su equipaje. Ordenó la ropa, los libros, los materiales de orientación, etc… Limpió la pistola y comprobó que funcionaba perfectamente. Hizo lo mismo con su espada. Luego volvió a guardarlo todo en el macuto y salió a la calle para dejarlo en el coche. Al bajar vio que la cafetería estaba ya abierta y al volver a entrar desayunó. El café de aquel sitio no era la brea espesa que le gustaba, pero se conformó.

      Echó un vistazo a los periódicos que tenían allí. Como cada vez que los consultaba o cuando veía un telediario, se tranquilizó al no ver su cara en la página de disidentes perseguidos. No obstante, una noticia llamó su atención. Las protestas se sucedían en las Islas Británicas. Un puñado de trabajadores “animados por el oportunismo de una banda de disidentes”, según aquel diario, habían tomado las calles cercanas a las fábricas en que trabajaban. No aparecía nada referente a las razones de aquella revuelta, sencillamente se aludía al “oportunismo” de los disidentes.

     Algo estaba cambiando, y el libro podía ser la ayuda necesaria para acabar con todo aquello y levantar de nuevo Europa. Pero eran esperanzas. Nada más. No sabía qué había en Love & Hate Rhapsody , sólo aquella referencia “el conocimiento para romper las cadenas y desatar un nuevo mundo”. Pero confiaba plenamente en el libro.


     Salió del pueblo unos minutos más tarde y condujo todo el día. Anochecía cuando en el horizonte brillaban desbordantes las luces de París. El Viajero se acercaba a la ciudad del amor, sin saber que era precisamente eso lo que iba a encontrar. 

martes, 8 de octubre de 2013

Love & Hate Rhapsody: Capítulo II

 Unas tenues notas de luz empezaban a inundar la montaña a través de las nubes que el día anterior habían sido la única imagen del cielo en aquel rincón de los Alpes. El día empezaba con suavidad la melodía de aquel día, con el Viajero como espectador privilegiado desde el bar de aquella aldea.

Desde que había empezado su aventura, unos meses atrás, le había cogido gusto a madrugar y habitualmente se despertaba unos minutos antes que el sol, aprovechando para verlo aparecer en el horizonte, y hacer una especie de ritual en el que volvía a jurar su compromiso con la misión
que había asumido. Hoy disfrutaba de los primeros compases del día tomando el desayuno con tranquilidad. No era el mejor desayuno que había tomado, pero no necesitaba más que eso. El pan estaba duro y el queso que lo acompañaba era demasiado fuerte para su gusto, pero el café le gustaba. Era denso como el petróleo y podría haber levantado a un muerto.

El Viajero se tomaba aquella mañana con calma, el reloj de pared confirmaba que aún quedaban unos minutos para las siete y media, y tendría que esperar aún una hora más hasta que fuera educado hacer una visita a Jean Payré. Un nombre más. Había perdido la cuenta de cuántas personas había visitado ya, siempre para encontrar una pista más, para llegar a otra entrevista y no tener un resultado real. Esto no le desilusionaba, siempre había sabido que la búsqueda no sería fácil.

Apuró el pan y dejó el café para irlo tomando poco a poco, hizo espacio en la mesa y extendió el cuaderno, el mapa y unas hojas que había bajado consigo de la habitación. Repasó las notas que había escrito la noche anterior. "Jean Payré". Apenas sabía nada de aquel hombre. Había viajado desde la costa de Normandía hasta los Alpes para ver a un profesor de Historia retirado. Como otros hombres antes, no sabía dónde estaba el libro, pero había oído hablar de él, al igual que el Viajero, y creía que Payré sabría algo más. Por lo que le había dicho aquel profesor de Historia, lo único que sabía de Payré es que sabía cosas de la historia del viejo continente que nadie más sabía. El profesor lo había averiguado conversando con él en un café de Pont d'Arcrai. Eso y nada eran casi lo mismo. No tenía ninguna seguridad de lo que podía obtener de Payré. Pero la duda no podía ser un impedimento.

El Viajero terminó de describir su travesía del día anterior en su diario de viaje y acabó el café. Se acercó a la barra, tras la cual dormitaba el tabernero y pagó el desayuno. Recogió las cosas de su cuarto y salió a la calle.
Hacía frío, pero no tanto como la noche anterior, tormenta de nieve mediante. Así que paseó por las calles mojadas y buscó la casa en la que vivía Payré. Cuando la encontró pudo entrever por las cortinas que había movimiento en la casa, pero aún no era la hora, y decidió disfrutar de aquel pueblo congelado en el tiempo como un acorde mantenido en el piano. Para alguien que admiraba el pasado, pasear entre las casas de piedra era una maravilla. En algunas casas quedaban restos desde hacía siglos, unas piedras, un blasón.

Admirando la historia escrita en la piedra, pasó el tiempo y el Viajero decidió que era el momento de ir a ver al señor Payré. Como cada vez que se acercaba a una nueva entrevista, un profundo temor le invadía. Y éste era un temor doble. Temía que la información que obtuviera no fuera suficiente o fuera errónea o repetida. Pero sobre éste se alzaba un temor más grande. La naturaleza de su búsqueda era clandestina, un paso en falso podía dar con sus huesos en prisión, y según los datos que obtuvieran los militares al detenerlo, podía acabar con una ejecución por sedición y conspiración contra el sistema. Cada paso era un riesgo, y debía tejer su aventura con cuidado, con mucho cuidado.
Los dos temores le detuvieron unos segundos frente a la puerta de la casa de Jean Payré antes de golpearla dos veces. Espero hasta que sonó un pestillo corriéndose y tras la hoja de gruesa madera apareció un anciano de baja estatura. Sus ojos le miraron tras unas amplias gafas cuadradas, que eran lo más grande en una cara bondadosa de rasgos finos. A pesar de la apariencia débil de su cuerpo, sus ojos mantenían la viveza de la juventud y reflejaban una mente que había trabajado y trabajaba mucho. Vestía pulcra y cuidadosamente una camisa azul oscuro con un chaleco de lana gris sobre ella.

− Buenos días, ¿qué desea? -preguntó Payré-

− ¿Es usted monsieur Payré? -dijo el Viajero-

− Así es. ¿Qué desea? -dijo Payré, con una amabilidad que relajaba al Viajero-

− Soy historiador, estoy realizando una investigación para la cual me entrevisté ayer con el profesor Touré en Pont d'Arcrai. Me dijo que usted podría responder a algunas de mis preguntas.

− Por supuesto, por supuesto, joven, pase y siéntese. -ofreció Payré y se echó a un lado para dejar pasar al Viajero- Por ahí.

Siguiendo las indicaciones del anciano, el Viajero llegó al salón que había visto desde la ventana. Se sentó en un sofá a la indicación del señor Payré.

− Si gusta, puedo ofrecerle café o té. Creo que es muy pronto para un coñac o una copa de vino. Sí, sin duda es muy temprano. -dijo el anciano respondiéndose a sí mismo.

− Un café estará bien, gracias.

− Iré a prepararlo todo, deje su abrigo en aquel perchero y póngase cómodo. Volveré en unos minutos.

El Viajero hizo lo que le pidió el señor Payré y volvió a sentarse en el sofá. Sin levantarse para no parecer indiscreto, observó la estancia en la que se hallaban. Era un salón sencillo. En la pared frente a la puerta había una chimenea en la que ardían unas ascuas, en torno al fuego se desplegaba una mesa de centro y un par de sofás. Junto a la ventana el señor Payré había colocado una mesa, que a juzgar por el despliegue de papeles, era utilizada como escritorio. En la pared opuesta a la ventana colgaban una infinidad de fotografías. Casi parecía una colección sobre la historia de la fotografía. Había retratos de estudio en blanco y negro, con la nitidez metálica de las fotos de principios del siglo XX, fotos borrosas con y sin color, estampas con colores lechosos y fotografías de hacía pocos años. El resto de los espacios los ocupaban librerías hasta el techo con un número asombroso de ejemplares. El señor Payré tenía de todo en aquella biblioteca; enormes tomos de enciclopedias, diccionarios, atlas y manuales, colecciones de novelas, libros nuevos, libros tan viejos que parecía que se fueran a evaporar si alguien los tocaba. Era mucho más que la pequeña biblioteca de un anciano que vivía en una aldea sin nombre.

La cafetera comenzó a chillar en algún rincón de la casa y el Viajero se sentó recto, esperando a que llegara su anfitrión. Al poco tiempo entró el señor Payré llevando una bandeja con una cafetera, una lechera y dos tazas toscas de loza.

− Espero que el café sea de su gusto -dijo mientras colocaba la bandeja sobre la mesa de centro- Aquí en la montaña lo preparamos muy cargado.

− Es como me gusta el café, gracias.

Jean Payré sirvió el café y bebió unos sorbos. Después, apoyó la taza sobre la mesa y clavó sus ojos grises en los del Viajero.

− Bueno, cuénteme qué desea saber. -dijo sin apartar la mirada-

− Estoy llevando a cabo una investigación en torno a la historia de Europa, y cómo en ocasiones la Historia cambia por los mismos actores, quiero decir, la ambición de los poderosos, la fuerza de los pueblos, las motivaciones filantrópicas o comerciales, etcétera.

− Muy inteligente, muy inteligente. Sí, desde luego, hacer unas "normas" de la Historia, si me permite ese apelativo.

− Sí, muy bien escogido. El caso es que mi investigación me ha acabado llevando a datos un poco más profundos. Encontré varias fuentes en las que se citaba a los alquimistas como parte del cambio de la Historia en el continente.

Esa era una de las claves de su búsqueda. Sabía que los alquimistas tenían mucho que ver con el libro que buscaba. Los alquimistas existían desde que el mundo es mundo, al principio (eso lo sabía cualquier investigador) cualquier científico era un alquimista. Después se fueron especializando. Ahora se dedicaban a algo muy concreto, nadie fuera de ellos mismos sabía muy bien cómo, pero cambiaban la estructura de las cosas. Podían fabricar mesas de madera a las que no las afectaba la humedad, o que tuvieran la dureza del acero. Vasos que no se rompían, rifles con precisión milimétrica. Él mismo había adquirido una pistola modificada alquímicamente antes de salir de su casa.

− He oído hablar de eso muchas veces. -contestó el señor Payré- Hoy sé que tienen mucho que ver con la Historia de Europa, pero no he encontrado fuentes claras que digan exactamente cómo, o que cite algún nombre de alquimistas concretos. Además de los que ya se conocen, Galileo, Newton, Aristóteles... pero ninguno de ellos tiene una implicación documentada con ningún cambio histórico.

− Imaginé que no encontraría más datos, pero si encontré una cita a un libro, de él se decía que tenía "el conocimiento para romper las cadenas y desatar un nuevo mundo". -mencionó el Viajero- Se mencionaba que todo esto, los alquimistas como pulso de la historia, se explicaba en esa obra. Pero no se citaba el título. No sé si usted sabrá de qué libro hablan.

Payré se calló y miró al Viajero intensamente. Si la mirada del anciano no hubiera tenido que competir con la determinación que se hallaba tras la del joven, habría roto cualquier barrera.

− Tiene unos ojos muy extraños. -comentó Payré- ¿Son siempre rojos?

− Creo que no es exactamente rojo. Más bien un pardo rojizo. Pero sí, son siempre así. Aunque eso no contesta a mi pregunta.

− Es cierto, es cierto. No he contestado a la pregunta, está claro que no he contestado, no. -dijo Payré- Aunque me permitirá que en virtud a mis derechos de anfitrión, le pida que me diga qué es lo que busca y quién es.

− Ya le he dicho, que estoy elaborando una historia, unas normas de la historia que...

− Los dos sabemos que eso no es cierto. O no es cierto o es un investigador tan minucioso que busca información en libros que no tienen que ver con lo que quiere.

El Viajero lo miró intensamente. Llevaba varios meses viajando, conociendo a mucha gente y entrevistándose con parte de las mentes más lúcidas y sabias. Jamás a nadie le había resultado tan evidente que su coartada no era cierta. El miedo cayó sobre su pecho como si le hubieran hecho despertar pinchándole con un alfiler en la yema de los dedos. Un escalofrío se deslizó por su espina dorsal como una víbora.
− Conteste, por favor. -insistió el señor Payré-

− Me llaman el Viajero. Mi verdadero nombre no importa. -comenzó el joven de los ojos rojos- Llevo meses buscando ese libro, llevo meses intentando encontrar una forma para acabar
con el sistema en el que vivimos.

El Viajero respiró rápidamente. El pulso se le había acelerado, y el miedo que sentía se había agazapado como una fiera amenazada, escondiéndose en su garganta. Levantó la mirada y la cruzó con la del anciano que le miraba benevolente. El miedo había borrado la dureza del rostro del Viajero, y de pronto volvió a ser el joven que era, mirando como un niño que no comprende lo que ocurre, pero que sabe que no es bueno.

El anciano francés miro al hombre que estaba sentado junto a él, y que ahora parecía tan indefenso como minutos antes lo pareciera el mundo a su alrededor. Payré suspiró y miró al Viajero.

− No te preocupes. No te voy a delatar. -empezó Payré- Reconozco que antes del levantamiento, el mundo se había convertido en una cloaca del esplendor de otros tiempos, en una oda a la decadencia. Reconozco, joven amigo, que ahora la vida es más tranquila, y por lo menos la mayoría tenemos que llevarnos a la boca y podemos salir al mundo sin miedo a morir apuñalados. Todo eso es cierto. Pero también soy viejo, mucho más de lo que me gustaría, ya lo creo. Y recuerdo, como todos los viejos, cuando alcances cierta edad te darás cuenta de que llega un momento en que lo único que te queda son recuerdos. Entre esos recuerdos, llega a mi memoria el tiempo en que los hombres y mujeres del mundo éramos dueños de nuestros destinos.

El Viajero miró a Payré. Había rejuvenecido unos años con el discurso y ahora tenía un aire terrible que intimidaba. El Viajero supo que decía la verdad, que le iba a ayudar, y pasarían muchos meses hasta que encontrara a alguien en quien confiara tanto como en Payré.

− ¡Oh! ¡El libro! -dijo Payré, casi chillando- Creo que sé que es lo que buscas. El libro se llama Love & Hate Rhapsody . No sé exactamente que es lo que contiene, y creo que nadie lo sabe. Tampoco sé con certeza dónde se encuentra, pero si está en algún sitio debes ir a la Gran Biblioteca.

− ¿La Gran Biblioteca? -repitió el Viajero, con un brillo de esperanza y seguridad en los ojos-

− Bueno, espero que tengas el coco preparado para cosas que escapan a... ¿cómo decirlo? Es complicado, sin duda. -Payré hizo una pausa y recorrió su salón con la mirada- Cosas que escapan a la comprensión, lógica, empírica y científica del mundo.
− Creo que sí.

− ¡Excelente! -dijo Payré- La Gran Biblioteca es un lugar muy especial. No sé exactamente cuándo, pero hubo un momento en que la Ciencia fue incapaz de convivir con lo mágico, lo esotérico que había vivido con la Humanidad desde los inicios del mundo. La magia, o las creencias, daban a la gente un poder inimaginable hoy día. Inimaginable e incomprensible. Y el ser humano es ambicioso, con todo, pero especialmente con saber. Todos estamos obsesionados con saber, conocer y comprenderlo todo.
» Cuando empezó a aparecer la Ciencia, el ser humano se vio reducido en sus capacidades, pero tenía un eje en la vida que podía entender, las leyes de la ciencia eran explicables, comprensibles. Y dejamos de creer en lo mágico, y alguien guardó celosamente todos los libros que hablaban de ello de forma seria en la Gran Biblioteca, sobrevivieron con nosotros el folclore y la literatura, que es como ver la realidad mágica reflejada siete veces en espejos deformes. Como mucho sabemos los colores.

Payré rió con la metáfora de los espejos y bebió café poco a poco hasta que terminó su taza. Se reclinó en el sofá y sencillamente disfrutó de estar allí sentado. El Viajero trató de mantenerse paciente, pero pasados unos pocos minutos interrumpió el silencio de la sala.

− ¿Y sabe dónde se encuentra la Gran Biblioteca? -preguntó, sin evitar sentir que estaba siendo enormemente maleducado por interrumpir el silencio de Payré-

− Pensé que no ibas a preguntarlo, muchacho -contestó Payré dejando que una amplia sonrisa atravesara su cara como un haz de luz en un oscuro desván- He ido en varias ocasiones a la Gran Biblioteca, está en un pueblecito oculto de la costa este de Inglaterra, su nombre es Syrencall. Para llegar a él solo se puede acceder en barco. Lo más seguro para tí sería tomarlo en Vlissingen, al sur de Holanda. Si preguntas a cualquiera en el puerto por Bordick podrás encontrar un pasaje hasta Syrencall y la Gran Biblioteca.
» Debes saber que no funciona como cualquier biblioteca. Tienes que preguntar al Guardián qué libro buscas, te indicará la sección en la que se encuentra y te dará las normas para esa sección. Hasta donde yo sé, no creo que puedas sacar Love & Hate Rhapsody de la Gran Biblioteca.

− Muchas gracias, monsieur Payré. -dijo el Viajero, conteniendo una sonrisa descarada; era el primer logro auténtico tras meses de búsqueda.- Quedo a su disposición para lo que desee.

− Gracias, gracias. Mmm... ¿qué tal hacer compañía a un anciano? -dijo Payré sonriendo al Viajero- Solo esta tarde, mañana podrás bajar la montaña, creo que esta noche tendremos otra tormenta, ¡ay! Estos primeros meses del invierno son terribles, parece que los elementos quieren recuperar el frío a pasos agigantados. Pero me estoy alargando, efectivamente, me estoy alargando; qué dice, joven amigo ¿me hará compañía hoy?

− Por supuesto -contestó el Viajero, permitiéndose el lujo de sonreír.-

El Viajero pasó aquella tarde y aquella noche con Jean Payré y, a pesar de que al principio estuvo un poco reticente, disfrutó mucho del día. Discutió con el anciano francés sobre múltiples hechos históricos y esto sirvió al Viajero para recuperar la contedianeidad después de meses de una vida robada en pos de la búsqueda. El Viajero aprendió mucho de Payré acerca de los alquimistas y otros hechos extraordinarios de la Historia.


El Viajero disfrutó mucho de aquel día y sirvió en cierto modo de entreacto para su aventura. A la mañana siguiente, se levantó temprano y salió de la casa de Payré, dejando tras de sí una carta despidiéndose del anciano. Caminó hasta la taberna para desayunar, el sol empezaba a abrirse paso entre las nubes y cuando sus rayos atravesaban las partículas de hielo en suspensión todo brillaba con un aire irreal. «Si me llegan a decir que estaría aquí haciendo esto hace un año, no lo habría creído. En cierto modo, es muy apropiado» pensó el Viajero. Poco después, el Viajero descendía la montaña, en busca del camino que le iba a llevar de vuelta al húmedo norte de las islas. Palpó con la mano el bulto en el que ocultaba su espada, atado al macuto y miró al horizonte. Esa mañana el Viajero juró a los elementos que haría lo que fuera necesario para cumplir su misión... y su venganza.

viernes, 4 de octubre de 2013

Banda sonora: "Doyle's Theme"

Love & Hate Rhapsody: Capítulo I

El viento agitaba los copos de nieve que caían sin parar. La tormenta había interpretado un prolongado crescendo y ahora era imposible oír nada que no fuera el sonido del viento. Algunos gritos y golpes de la aldea cercana se filtraban y formaban un staccato en la melodía que el tiempo se empeñaba en componer.  
 En medio de aquel concierto improvisado por los elementos, un hombre caminaba envuelto en una gabardina. Llevaba viajando varios meses, y allí por donde había pisado se le conocía como el Viajero. Nadie sabía su verdadero nombre, ni tampoco de dónde venía o a dónde iba. Sencillamente viajaba por Europa, pasaba una o dos noches en algún pueblo pequeño y marchaba al día siguiente. Siempre preguntando por un libro. El Viajero había dejado su coche y la comodidad que suponía viajar en él en un pueblo al pie de aquella montaña alpina, quería llegar al pueblo de la montaña y no se podía ir en coche. La tormenta había aparecido a mitad del ascenso, complicando el viaje del Viajero.  El frío empezaba a apoderarse de los huesos del Viajero cuando   llegó a lo alto de una loma y vio por fin el poblado. Era una pequeña aldea rodeada por un muro que hacía las veces de muralla, pero que no tenía más de 3 metros de altura. En el interior de aquel muro, un puñado decasas de piedra se arrejuntaban tratando de dejar poco espacio para la nieve y el viento.  

 Al Viajero no le constó mucho bajar los pocos metros que quedaban hasta llegar a la puerta del muro. Golpeó con el puño la puerta de madera y se encogió dentro de la gabardina. Un ventanuco se abrió en la puerta y la voz del cancerbero salió de su interior.  

− ¿Quién va? -dijo el guardián- 
− No soy habitante de este pueblo. Vengo de viaje. - contestó el 
Viajero- 
− ¿Un visitante? ¿En medio de una tormenta?  
− La tormenta me pilló ascendiendo la montaña. Partí de Pont 
D'Arcrai esta mañana. 
− Pase hombre, pase. Tampoco lo voy a abandonar a voluntad de 
los elementos. 
  
 Con un crujido la puerta se abrió lo suficiente para que el Viajero pasara, ni un centímetro más. Al pasar la temperatura era mucho mejor. Junto a la puerta y en la garita de piedra, ardía un brasero, al igual que en muchos puntos de las calles del pueblo.   

− Si sigue esa calle llegará a la plaza central. En la taberna tienen 
camas. 
− Muchas gracias. 
− ¿Qué le trae por aquí en pleno invierno? - inquirió el portero, 
mirando acusadoramente al Viajero- 
− Soy historiador, estoy realizando mi tesis y quería 
entrevistarme con el señor Payré. 
− Humm... Bueno, debería en cualquier caso esperar a mañana, 
nadie le abrirá con esta tormenta. Espero que no provoque 
problemas. El tabernero le vigilará por mi. 
− Descuide. Buenas noches.  

 El Viajero atravesó las calles nevadas del pueblo. Al recorrer la aldea, se percató de que, sustituyendo las casas circulares por otras de planta cuadrada, la distribución del pueblo era semejante a la de un castro celta. Probablemente ese pueblo llevara en el mismo lugar desde hacía dos mil años. Como historiador (porque el Viajero realmente lo era) se sentía a gusto en esos espacios que olían a viejo, le gustaba tocar esas piedras que tantas manos tocaron antes que él. 

 A pesar del frío y la nieve, el Viajero disfrutó del paseo hasta la plaza. Ésta era en realidad un espacio amplio entre varias casas, en cuyas plantas bajas abrían los principales comercios de la aldea. La panadería estaba en el mismo edificio que la taberna, el edificio más grande del pueblo. En el otro extremo, se ubicaban una carnicería y una verdulería. En el centro de la plaza había un gran pozo, rodeado por seis o siete braseros, que hacían que la temperatura en la plaza fuera casi agradable en comparación con el resto del pueblo. Desde la esquina opuesta el Viajero oteó la taberna y miró el interior. No había mucho movimiento. El tabernero y un muchacho estaban detrás de la barra limpiando botellas, en una mesa charlaban una decena de personas y al fondo varios individuos comían solos.   

 El ambiente no le pareció demasiado hostil, y el Viajero atravesó la plaza hasta la puerta y cruzó el umbral. Al verlo, el tabernero dio la botella que tenía entre manos a su ayudante y se acercó al extremo de la barra más cercano a la puerta, el Viajero se acercó también.

− Buenas noches. Cama y cena, imagino. - dijo el tabernero- 
− Imagina bien. - contestó el Viajero- 
− Muy bien. Serán 10 dequas de la habitación cada noche que 
esté aquí. Las comidas se pagan en el momento. La cena y la 
comida cuestan 3 y el desayuno 2. Si tiene alguna preferencia 
para la habitación...  
− Sólo una cama, no requiero más. Aunque me gustaría que no 
fuera demasiado fría. Ya he tenido frío para unos cuantos días 
hoy. 
− Tengo una habitación interior que guarda muy bien la 
temperatura, pero no tiene ventanas. Si no le importa, le dejo 
esa. 
− Por mí perfecto. - contestó el Viajero con una sonrisa- 
− Siéntese en una mesa, en un momento le llevaremos la cena.  

 El Viajero se sentó en la mesa que más le gustó y sacó un atillo de papeles de su macuto. Sacó algunos y los puso sobre la mesa. Sacó un lápiz de la gabardina y tomó uno de los papeles; un mapa ajado. Lo extendió en la mesa y trazó una línea con el lápiz entre Pont D'Arcrai y el lugar en el que estaba la aldea, que no aparecía como tal en el mapa. Estaba muy cansado. Decidió que mañana ya escribiría en su diario de viaje el ascenso a la aldea. Ahora quería descansar. Guardó los papeles y esperó a que llegara la cena. Al mirar por la ventana, su reflejo le devolvió una imagen muy distinta a la que tenía cuando salió de casa. El pelo le había crecido bastante y ahora formaba una pequeña melena enmarañada de pelo oscuro. Le había crecido barba de tres días (tampoco tenía pelo para más) y estaba ojeroso. La verdad es que estaba bastante desmejorado, pero a la vez tenía un aspecto feroz que no le vendría mal. Además, por suerte, su nuevo aspecto hacía pasar deapercibidos sus ojos. Desde pequeño a todo el mundo le fascinaban sus ojos. A primera vista parecían pardos, unos ojos como tantos otros, pero cuando reflejaban la luz revelaban un extraño matiz carmesí. Sus ojos rojizos no eran una buena baza cuando se quería pasar deapercibido.  
 Siguió mirando su reflejo, se apartó el pelo de la cara y se frotó la barba. Así no lo reconocería nadie. Mirando su reflejo estaba el Viajero cuando el ayudante del tabernero salió de la barra con una bandeja.   

− Aquí tiene. -dijo el muchacho- Sopa de cebolla y guiso de carne, 
caballero. 
− Muchas gracias, ¿qué carne? -preguntó el Viajero removiendo 
la sopa con la cuchara- 
− Ciervo, señor. 
− Muchas gracias.  

 Antes de emprender su travesía, el Viajero había sido vegetariano, algo que había tenido que abandonar al ponerse en camino, pero aún le sentaba mal comer carne roja, así que empezó a comer la sopa y devoró las patatas y verduras que acompañaban al ciervo. Cuando terminó pidió un té y al terminarlo pagó la cuenta y subió a su habitación. No se lo pensó dos veces, se cambió y se metió en la cama. Estaba cansado y necesitaría levantarse temprano al día siguiente y había decidido dejar la redacción de su diario de viaje para el día siguiente.   

 Dejó que la melodía del sueño acariciara sus oídos con la imagen del libro que buscaba rondando sus sueños. No muy lejos de allí, una joven de 17 años escapaba de un santorio y, siendo ya libre, se dispuso a huir, a viajar hasta allá donde pudiese.